Desde que comenzó el 2026, el total de mujeres asesinadas por violencia de género ha sido de 17, 15 los menores huérfanos y 4 los asesinados.
Ya no van a sobrevivir.
Pero casi nunca se habla de las que logran sobrevivir y alejarse del maltratador (o maltratadora). No se habla de esas personas que sobrevivieron y viven con heridas que guardan en silencio.
Una vez, hace mucho tiempo, tuve una conversación con una persona muy cercana a mí. Ella, una joven mujer que se había hecho a sí misma, me contaba sus episodios con vergüenza y la voz entrecortada.
Ella, de quien habían abusado de pequeña y había sufrido durante toda su vida malos tratos físicos y psicológicos, afirmaba que lo más difícil es sobrevivir.
Con un nudo en la garganta, escuchaba su testimonio en el que, a lo largo del tiempo, se habían normalizado tanto los malos tratos que llegó a pensar que la vida era eso. Pasó por distintas fases. Mientras estuvo allí, todo fue miedo disfrazado de otras cosas.
Me narraba cómo, a veces, trataba de pararlo y se empoderaba intentando imponerse frente al agresor (en su caso, agresores en distintos niveles). Sin embargo, dejaba de hacerlo debido a las posibles consecuencias. En otras etapas de su mala vida allí, me contaba acerca de la depresión, la ansiedad, la soledad y la sensación —la mayor parte de las veces— de ser un hámster en una rueda de pinchos de la que no lograba salir.
Aun así, insistía en que lo peor es sobrevivir, rehacerse cuando sales de eso. Preparar «la huida», el pánico.
Y cuando por fin todo acaba, aparece el abismo.
Sí, exacto, abismo. No es como lo pintan en las películas donde la víctima se siente liberada y por fin va a ser feliz. Quedan las heridas, las que se ven y las que no.
Ella me dijo que, al principio, el simple hecho de que la tocasen le daba miedo. Aunque no fuera agresivo. Porque la desconfianza lo mata todo. Rehacerse supone sentirse una extraterrestre dentro de la normalidad, supone ir siempre con la cabeza gacha y no comprender lo que, para la mayoría, es normal.
Sobrevivir suponía ir a terapia, sacarlo todo, incluso lo que ni recordabas que tenías que sacar; tener pesadillas y miedo a dormir; evitar pasar por donde vivías por el miedo a enfrentarte al agresor.
Sobrevivir no siempre conlleva una denuncia, pero sí mucha fuerza.
Mi pésame a todas las que no han podido sobrevivir. Mi ánimo para todas aquellas que, como Ella, aún estáis tratando de lograrlo.


