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Siete generaciones

Según un estudio científico, necesitamos que transcurran siete generaciones para que un hecho histórico no nos afecte. En dicho lapso, somos capaces de renunciar a transmitir de modo oral los recuerdos de nuestros allegados; dejamos de sentir empatía porque las seis generaciones anteriores quedan demasiado lejanas cronológicamente como para concebirla.

El tiempo sana nuestras heridas locales pretéritas como si fuera un narrador que comienza a hablar en primera persona para, al final del libro, hacerlo en la tercera. Somos capaces de despersonalizar todo aquello que les sucedió a los que estuvieron antes. En resumen: ya no nos afectan las cosas.

La memoria histórica, por extensión, únicamente funciona cuando nos referimos a sucesos cercanos o coetáneos, siendo todo lo anterior una anécdota producto del tiempo. 

Las normas son diferentes con lo ocurrido hace 500 años o hace 50. Porque, pese a que nuestra sangre está de por medio, ya no somos nosotros: el pasado se dibuja como una fotografía que borramos y ni recordamos haber realizado.

Entonces, dicha memoria —pese a que haga alusión a nuestro pueblo— no tiene el mismo peso si se trata de recuperar algo de una época o de otra. El pasado se justifica con lo que ocurría alrededor, pero no todo. Buscamos responsabilidades en el cercano, mientras el lejano solo es víctima de sus circunstancias. Es así, y no de otra manera, como los vencedores la cuentan, como la cambian y pueden hacer que el otro bando quede deformado e incluso eliminado en las visiones de las futuras generaciones.

¿Qué dirán del presente dentro del tiempo pertinente? ¿Qué juzgarán? ¿Qué será justificado? ¿Quién dará la versión del ayer?

Siete generaciones son suficientes para ver con objetividad lo acontecido en algún sitio y, así, dar valor y comprender a ambas partes. 

Hasta que no llega ese punto, la historia contaminará los sucesos con nuestros sentimientos; algo lógico, ya que los humanos somos lo que somos. Las emociones se acaban desvaneciendo, no sin antes perpetuar lo que sí será la historia y determinarla en el futuro.

Mientras, nos sentamos a ver cómo se dibuja la historia, cegados, esperando que el lugar que nos toca no sea el del bando que no llegue a la posteridad.

Ainhoa Escarti

Escritora, poeta y artculista gaditana afincada en Madrid. Ha publicado una docena de libro, además de colaborar con múltiples publicaciones.

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