Respirar

Son las cuatro y media de la tarde, aproximadamente.
Hoy es festivo. Ya es verano y hay una gran ola de calor.

Me quedo en casa. Otro día más. No tengo planes, ni ganas de ver a nadie. Estoy muy hacia adentro.

Hace demasiado tiempo que vivo apretada en la incomodidad. «De todo se aprende», me digo siempre.

Pero, joder, cómo cansa aprender tanto…

Un día de ventilador, sofá y mirar Instagram hasta no poder más. Literalmente hablando. Me empiezo a encontrar mal. Voy al baño, me miro al espejo…

«Algo no funciona bien», pienso en mis adentros.

La piel amarilla y un miedo en los ojos que pocas veces he visto. «Lo estoy viendo venir»…

Vuelvo al sofá y empiezo a llorar sin parar. Se me entrecorta la respiración, me pincha el corazón y esa sensación vuelve otra vez. La del cuerpo dormido, la vista borrosa, la de no saber cuánto tiempo más así, ni si voy a ser capaz de sostenerlo más.

Lloro y lloro y dejo que salga toda la angustia que lleva años dentro. Me descalzo, toco el suelo con los pies y me pongo una botella de agua bien fría en la frente.
Qué importante es mirar el entorno en ese momento, tener los sentidos despiertos: el frío, el calor, el tacto, la vista centrada en cosas concretas… 

Bajar al aquí y al ahora, solo aquí y ahora, porque nada más importa ahora mismo que respirar.

Después de muchas respiraciones profundas, hacerme una bolita en el sofá y volver a sentir el cuerpo en su sitio (más o menos), respiro aliviada y pienso que no puedo seguir quieta, dejándome llevar por una cabecita que hoy ha decidido darme guerra.

Enciendo muchas velas en mi salón, pongo aromas que me hacen sentir bien y, con mi virgo por bandera, me pongo a recoger un cuarto que hace demasiado que me espera. Ahora solo se trata de no pensar.

Entre papeles y trastos, ahí está ella, mi maleta, aún llena de materiales del último taller que di hace ya un mes.

«Venga, Nerea, es el momento».

La vacío, coloco todo en su lugar y voy en busca de todos los utensilios para limpiarla. Después de cada viaje o taller hago el mismo ritual, limpio su interior, la carcasa, las rueditas, una a una… Y, esta vez, decido que es momento de ponerle las fundas de ruedas que mi madre me compró hace semanas.

¡Sorpresa! A pesar de limpiarla siempre, las ruedas están llenas de hilos enredados, algo pegajoso con porquería y una infinidad de micropiedras incrustadas alrededor de sus ocho ruedines. Producto desinfectante, cúter, mucha paciencia y una lija para lo más incrustado.

«¡Mierda! ¡Se van deshaciendo con la lija!»

De fondo suena Respira, de Natalia Doco, y, de repente, me veo reflejada en esas ruedas. Yo también siento micropiedras incrustadas, pero eso no me impide quitar todas las que puedo, ni hacer grandes cambios, solo limpiar, poner la funda protectora y seguir.

Miro la maleta con mucho cariño. Ella me ha acompañado por medio mundo a viajes maravillosos por fuera e increíbles por dentro. Ha estado en mis inicios como emprendedora, en aventuras transoceánicas y en mis miedos ante una nueva vida.

Hoy solo toca limpiarla y prepararla para nuestro próximo viaje.
Hoy solo toca respirar.

Nerea Aria

El arte y la comunicación son la voz de mi alma.

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