*Una carta para todas las mujeres que llevan toda la vida sintiendo que no merecen estar donde están.
Querida impostora:
Te escribo porque te conozco. Aunque no nos hayamos visto nunca, te conozco. Te conozco en esa madrugada en la que te despiertas a las cuatro pensando que mañana se va a notar todo. Te conozco en esa reunión en la que hablaron de tu trabajo con elogios y tú, en vez de sentirte bien, te encogiste un poco más en la silla, esperando el momento en el que alguien se diera cuenta. Te conozco cuando te dicen qué bien lo haces y tú piensas tuve suerte. Te conozco cuando un logro te llega y, en lugar de celebrarlo, te tiembla algo dentro, como si te lo hubieran dado por error. Como si el cartero se hubiera equivocado de puerta.
Te conozco porque yo también. Y antes de mí, mi madre. Y antes de ella, mi abuela. Y antes de las dos, generaciones enteras de mujeres a las que nadie escribió jamás una carta así. Mujeres que se hicieron pequeñas porque las hicieron pequeñas. Mujeres que aprendieron a pedir perdón por crecer. Mujeres que aprendieron, sobre todo, a no creerse lo bueno.
Hoy quiero contarte una cosa que me ha costado años entender, y que ojalá alguien me hubiera dicho antes.
Tú no eres una impostora. Tú eres exactamente lo contrario.
Llevas años trabajando. Años. Levantándote más temprano que nadie. Estudiando lo que no sabías. Aprendiendo a marchas forzadas lo que a otros les enseñaron desde pequeños. Sosteniendo casas, hijos, padres mayores, enfermedades ajenas y, a la vez, intentando ser buena en lo tuyo.
Te han dado mil veces menos margen para equivocarte que a un hombre a tu lado. Te han mirado dos veces en mil ocasiones antes de creerte. Y, aun así, has llegado donde has llegado. Esto no es suerte. Esto no son contactos. Esto no es estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Esto es maestría. Maestría callada. La que se construye en silencio, en la cocina a las seis de la mañana, en las noches en vela leyendo lo que no entendías, en las veces que volviste a empezar después de un golpe. Y porque la construiste tan despacio, casi sin darte cuenta, ahora no sabes verla. Te pasa lo que les pasa a las personas que llegan a la cima caminando: no se acuerdan del camino. Pero el camino lo hiciste tú. Paso a paso. Sola, muchas veces.
Eso no se llama impostura. Eso se llama haber trabajado mucho.
Y déjame decirte otra cosa, porque me parece importante. Nadie nace perfecto. Nadie. Ni los que tú admiras, ni los que parecen seguros, ni los que hablan en una mesa sin que les tiemble la voz. Ninguno nació sabiendo. Aprendieron. Se equivocaron. Volvieron a intentarlo. Algunos, además, tuvieron la suerte de que les enseñaran desde pequeños a perdonarse los errores. A ti, probablemente, no te enseñaron eso. A muchas de nosotras no nos lo enseñaron. Pero crecer es exactamente eso, no saber y aprender, equivocarse y volver, pedirle perdón a la vida por tropezar y levantarte igual.
Eso no es ser una impostora. Eso es ser humana.
Si fueras perfecta desde el principio, serías una máquina. Y las máquinas no escriben cartas a otras mujeres a las cuatro de la mañana. Las máquinas no lloran cuando ven a su madre envejecer. Las máquinas no tiemblan antes de una entrevista importante. Las máquinas no se atreven, porque para atreverse hace falta tener algo que perder. Y tú lo tienes.
Eso es lo que te hace valiosa. Tu humanidad. Tu duda. Tu temblor.
No lo cambies. No lo arregles con cursos ni con frases motivadoras pegadas en la nevera. No tienes nada que arreglar. Lo que tienes es lo bueno. Lo que pasa es que nadie te lo había contado así.
¿Sabes lo que de verdad nos hace creernos impostoras? Que llevamos demasiado tiempo creyendo que lo bueno que nos pasa viene de fuera y lo malo viene de dentro. Nos lo enseñaron desde niñas. Cuando algo te sale bien, qué suerte tienes, hija. Cuando algo te sale mal, deberías haber hecho otra cosa. Y así, año tras año, vamos colocando el éxito en el aire y el fracaso encima de nuestro pecho. Nos vamos quedando con todo el peso.
Y un día, ya adultas, ya hechas, ya con vida construida, miramos lo que hemos conseguido y no nos lo creemos. No porque no sea real. Porque hemos aprendido a no creérnoslo.
Querida amiga, hoy te pido una sola cosa. Date la vuelta. Mira atrás. Mira todo lo que llevas hecho. Las decisiones difíciles que tomaste. Las veces que te quedaste cuando podías haberte ido. Las veces que te fuiste cuando podías haberte quedado. Las personas a las que cuidaste. Lo que aprendiste por tu cuenta. Las puertas que abriste con las manos. Las heridas que llevas y que casi nadie ve. Eso, todo eso, lo hiciste tú. Tú. No la suerte. No los contactos. No la casualidad. Tú.
Eso no es impostura. Eso es una vida construida a pulso.
Y otra cosa, ya que estamos. No nacimos para ser solo una cosa. No nacimos para hacerlo todo bien. No nacimos para ser eficientes en todos los terrenos. La cocina, los hijos, el trabajo, el cuerpo, las amistades, la pareja, la familia política, los padres mayores, los proyectos personales, los hobbies, la imagen, la salud, las redes. Es demasiado. Es injusto. Y, aun así, cargamos. Y, además, nos hacemos pequeñas pensando que no llegamos.
No eres impostora por no llegar a todo.
Eres una mujer que está cargando con lo que cuatro generaciones de hombres no han cargado nunca. Si algo no se te da bien, no es un fracaso tuyo. Es que no nacimos para hacerlo todo. Permítete no ser buena en alguna cosa. No te resta. Te devuelve a tu tamaño humano. Que ya es bastante grande.
Lo que te pasa, querida amiga, no es que seas una impostora. Lo que te pasa es que eres una luchadora. Una luchadora que se agarró a lo que pudo para salir adelante. Que jugó los papeles que le tocaron, los que eligió y los que no eligió, y los hizo lo mejor que supo. Que se cayó muchas veces y se levantó otras tantas. Que crio, cuidó, trabajó, estudió, escribió, soñó, en mitad de un escenario que muchas veces le venía grande. Y aun así, sigue de pie. Eso no es ser una farsante. Eso es ser una superviviente. Y las supervivientes no necesitan permiso para estar donde están.
Si te amaras tanto como te exiges, te darías cuenta. Te darías cuenta de que no eres una mujer pequeña sentada en un sitio grande. Eres una mujer que ha crecido tanto, tanto, que a veces ella misma no se reconoce en el espejo. Y por eso piensa que la imagen no es suya. Pero lo es. Y es preciosa.
La próxima vez que esa vocecita pequeña aparezca, no la pelees, no la silencies. Háblale como yo te hablo hoy. Dile te oigo, sé de dónde vienes, sé las mujeres que cargas dentro de mí, te entiendo. Pero hoy me toca a mí. Hoy me lo voy a creer. Y créetelo. Aunque sea durante diez minutos. Aunque sea solo hoy. Porque dentro de diez minutos, otra mujer en algún sitio del mundo va a leer estas líneas y va a respirar un poco más hondo. Y al día siguiente otra. Y al siguiente otra. Hasta que un día esa cadena que llevamos siglos arrastrando, querida amiga, se rompa. Y la primera eslabona que la rompa, vas a ser tú.
Porque no eres una impostora. Eres una luchadora. Eres auténtica. Y vales. Vales mucho.


