Si me hubieran preguntado cuando mi hija tenía un año (o incluso dos o tres) qué cualidades iría tomando ella de mí con el tiempo o qué actividades se convertirían en esas que más disfrutamos hacer juntas y que hoy en día (a sus diez años) son parte de la base de nuestra relación… no estoy segura de si hubiera acertado. Probablemente, poco.
¿Por qué? Porque el vínculo con mi hija me ha transformado de tal manera que todo lo que pudiera haber elaborado en aquel entonces desde la mente se habría quedado corto. Por mi hija y por esa claridad y determinación con la que expresaba desde muy pequeña cuál era su color favorito y qué es lo que le gustaba y lo que no fue que yo misma comencé a darme cuenta de que me había desconectado tanto de mí que no tenía claro ni cuál era mi color preferido, ni qué actividades me hacían realmente sintonizar con el disfrute. Así que, poco a poco, y de su mano, comencé a averiguarlo.
El vínculo con ella me permitió volver a conectar con esa niña que jugaba a escribir e ilustrar historias. También a reafirmar algo que siempre he sabido: lo que más disfruto de mi profesión de periodista es descubrir y acompañar historias de vida, humanas, reales, sentidas. No perseguir a un político para que me dé una respuesta en exclusiva. Además, he descubierto facetas de mí como artista, he aprendido a soltar mi cuerpo y a bailar en público como si nadie estuviera viendo,… y tantas cosas más que antes no me permitía.
El espejo de los hijos
Como mamás millennial, tenemos un superpoder transformador que nos puede permitir —a nivel individual y también social— dejar atrás dolores y culpas transgeneracionales, como ya te conté en un artículo anterior. Pero el combustible de ese poder es precisamente el vínculo con nuestros hijos: para poder sostenerlos y acompañarlos de verdad, primero tenemos que aceptar todo lo que nos muestra su espejo y jugar a transformar en luz aquello que primero aparece en sombra.
Y uso la palabra jugar porque allí es donde siento que está gran parte de la clave: en volver a jugar. Pero no desde la imposición o de la culpa. Si no te gusta jugar a la maestra, a los cochecitos o ver esa película por enésima vez, está bien… puede que lo tuyo sea llevarle de acampada, a jugar en la naturaleza, inventar historias, pintar o cocinar juntos cosas ricas.
Lo de jugar a la maestra, a los cochecitos o ver mil veces la misma película, lo digo por mí misma. Lo he hecho, claro, pero a medida que fue creciendo (fuimos creciendo) le comuniqué que hay juegos que no disfruto tanto y otros que las dos compartimos y en los que sí me puedo enganchar por horas. Hubo unos años en los que cocinamos un montón, añadiendo ingredientes que pintaban de colores los platos, y eso me conectó con mis tardes de niña haciendo dulces en la cocina.
La pintura y la danza
También he descubierto cosas nuevas —que hoy me llenan mucho— por abrirme a jugar con ella: cuando tenía dos añitos le compré pinturas para que experimentara; cuando tenía tres, comenzamos a pintar algunas cosas juntas; cuando tenía cuatro, ya compré pinturas profesionales para mí. Seguimos pintando juntas, pero descubrí que me daba mucha satisfacción pintar también por mi cuenta y hoy, incluso, lo hago para otras mujeres, con mis obras personalizadas a partir de los relatos de parto.
La danza llegó de manera similar, aunque no recuerdo qué fue primero, si nuestras «noches de chicas» o las clases online que fui tomando para retomar el contacto con mi cuerpo y el movimiento. En todo caso, desde que mi hija tenía unos tres o cuatro años, hacemos esas noches de chicas en las que ponemos música y bailamos y también buscamos palabras de forma aleatoria en YouTube para conocer canciones y cantantes nuevos.
Y ahora que está más grande, uno de nuestros momentos favoritos de la semana es ir a las sesiones de Danza en Familia: una clase a la que ni loca me hubiera apuntado hace unos años (porque hasta incluye actuación en público al final del curso) y que ahora me fascina.
Hoy, si alguien me pregunta cuál es mi color favorito, ya no tengo que guardar silencio. Lo llevo en la ropa, en el ordenador, en mi mat de yoga… Y si hace diez años no acerté a imaginar el futuro de nuestra relación, fue porque el vínculo con mi hija no vino a darme respuestas, sino a removerme haciéndome las preguntas correctas.
Al final, transformarme no ha sido convertirme en alguien nuevo, sino tener la valentía de volver a ser, de su mano y cada día un poco más, la niña que siempre fui.



Ay hermoso 😭 da paz leer esto, porque uno se preocupa por las cosas que quisiera dejarle a su hijo, pero esa preocupación es como dices, de la mente.. y que más lindo que dejarle a tu hijo, la valentía de solo ser tú, y además disfrutar por la plena aceptación, de quien está a tu lado!