He descubierto que la felicidad no está en un crucero por el Caribe ni en una lista de reproducción de meditación guiada. No. Está en algo mucho más humilde y con más sal: comer pipas en un banco del parque.
Ahí estoy yo, como una jubilada anticipada con el paquete de pipas bien agarrado, escupiendo cáscaras como si estuviera en un campeonato no oficial. Cada pipa es una pequeña victoria. Abres, comes, escupes. Repetir hasta la eternidad o hasta que se te duerma la pierna.
A mi alrededor, las cotorras montan su propio festival de reguetón con gritos desafinados. Nadie las entiende, pero ellas siguen ahí, opinando alto y sin pedir permiso. Unas auténticas tías del barrio en versión pluma verde. Podría quejarme, pero la verdad es que me hacen sentir parte de algo. Si ellas pueden estar ahí gritando sin culpa, yo puedo comer pipas sin pensar en el colesterol.
Y entonces, en mi mente (y a veces también en mi estómago), aparece el arroz con leche. Esa joya de la gastronomía emocional. Suave, dulce, con su toque de canela por encima como si se hubiera vestido para una primera cita. Es el postre que no juzga. No necesita ser moderno ni tener toppings raros. Solo arroz, leche y amor de abuela.
He descubierto que la felicidad no está en un crucero por el Caribe ni en una lista de reproducción de meditación guiada.
Así que ya lo tengo claro:
• Comer pipas = meditación.
• Escuchar cotorras = terapia de grupo gratuita.
• Arroz con leche = abrazo comestible.
¿Y qué más quiero? ¿Un yate? ¿Un viaje espiritual al Tíbet? No, gracias. Dame una bolsa de pipas, un banco al sol y un buen cuenco de arroz con leche, y te firmo la paz mundial.


