Los sueños que olvidamos

¿A dónde van los sueños cuando crecemos? ¿Por qué todo eso que creemos fervientemente al tener 5 años, desaparece con el tiempo? ¿Dónde quedan esas ganas incontrolables de ser astronauta, bombero, médico, cantante, policía o cualquiera que sea el sueño incesable que invadía nuestra mente cada segundo?

Porque a los 5, 6 o 7 años todo parece posible. Sin vergüenza, sin miedos, sin plan b, c ni d. Porque en los primeros años de nuestra vida, todo se ve como certeza.

Yo, por ejemplo, soñaba intensamente con ser cantante y bailarina, fue un pensamiento constante que me acompañó durante años, al despertar, al irme a dormir y en cada segundo del día. Y la verdad es que, de vez en cuando, la niña interior grita estrepitosamente que aún quiere serlo.

Y ante ese grito, me empiezo a preguntar: ¿Cuál es el punto de quiebre? ¿Dónde termina el sueño y empieza la realidad? ¿En qué parte del camino el sueño se vuelve una casa abandonada mientras construimos una en blanco y negro, pero que encaja con los estándares? ¿Qué determina que ya no vale la pena seguir apostando por esa realidad?

Sin darnos cuenta, en algún punto del camino cruzamos una línea donde lo cambia todo. No volvemos a hablar de esos sueños. Como si mencionarlo diera paso a la incomodidad. Como si solo pensarlo fuera un recordatorio de su abandono. Como si esa versión soñadora de nosotros perteneciera a otra vida.

Pero a la mente no le gusta estar inquieta. No le gusta la incertidumbre ni los caminos desconocidos.

Es más fácil apostar a la estabilidad. A lo que está validado por los demás. A los caminos que ya alguien reconoció y demarcó para no perdernos.

Y así, poco a poco, construimos una vida que funciona. Que se sostiene. Que encaja. Pero que no siempre nos representa.

En algún punto del camino nos cruzamos con alguien que sí apostó por ese sueño. El que dejamos atrás. Alguien que hace lo que nos hubiera gustado hacer.

Y de repente, como una ráfaga de viento, aparece una punzada silenciosa entre el pecho y el alma. Con la nostalgia de «se nos hizo tarde». Pero con la esperanza de «aún podemos hacerlo». Con esa vocecita que le gusta hacer eco en el silencio. Y de repente, ahí todo vuelve a moverse.

Así que quizá la pregunta no es a dónde van los sueños, sino en qué momento dejamos de elegirlos.

Porque crecer se trata de buscar estabilidad. De cumplir responsabilidades y asumir las decisiones difíciles. Pero también se trata de cumplirle a ese niño que fuimos. De honrar a la versión de nosotros que no creía en imposibles. Se trata de no traicionarse.

Si al ser pequeños no veíamos ningún sueño como algo demasiado grande, al ser grandes no deberíamos temerle a esos sueños de pequeños.

La vida no da espacio a pensarlo demasiado y es momento de encontrar el camino de regreso al baúl donde guardamos lo que algún día nos hizo vibrar.

Ahora con la fuerza del adulto que somos o podríamos ser. Con la responsabilidad de todo aquello que hoy hacemos por obligación. Pero con la confianza de esa versión de nosotros que estaba aprendiendo a vivir.

¿Qué queríamos hacer antes de que el mundo nos dijera quién debíamos ser?Los sueños no tienen fecha de caducidad. Y nunca se está demasiado grande para poner a latir el corazón con fuerza. Solo están esperando a que decidamos mirarlos otra vez.

María Paula Nieto

Ingeniera, lectora, creyente del karma y las causalidades.

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