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Los anhelos postergados

Observa el paisaje invernal a través de los cristales. Han bajado mucho las temperaturas y nota un escalofrío ante la idea que tiene en mente: quiere ventilar la casa. Al abrir la ventana da un respingo y siente cómo se le pone la piel de gallina. Se sube el cuello de la batita corta un poco más, se estira las mangas en un acto reflejo 

Un aire gélido atraviesa la estancia como una bofetada en la cara. Hoy no tiene que ir a la oficina, no ha pasado buena noche. No encuentra las gafas, se vuelve loca buscándolas; después de unos minutos se da cuenta de que las tiene en la cabeza a modo de diadema. 

Otra noche toledana más que han pasado: Darío y sus terrores nocturnos, el trasiego de madrugada de ir de una cama a otra porque el pequeño no se acostumbre a dormir con ellos. Demasiados días ya con esta situación le están pasando factura.

Posa su mirada en el lateral de una de las baldas de la estantería del salón donde se amontonan sus cuadernos de escritura, sus libretas… y un profundo suspiro sale de lo más hondo de su ser. Las acumula por puro capricho, le encantan. ¡Son tan bonitas!

No está a favor del colecho, considera que dormir cada uno en su cama es más saludable para la salud mental, pero seguir con esas convicciones no es fácil. Escuchar los gritos de terror de su hijo a altas horas de la madrugada, tampoco, así que termina metiéndose de una manera precipitada en una cama de 80 cm en la que no cabe, con la intención de calmarle, de protegerle y de darle la seguridad que en ese momento tanto necesita.

No puede más, lleva un par de meses durmiendo poco o nada. Cada vez que intenta moverse para volver a su cama, el niño se despierta y protesta. Con el fin de que él duerma, ella termina agarrotada en esa cama de reducidas dimensiones con los miembros entumecidos, fruto de las posturas que tiene que adoptar para no molestarle, sin haber descansado más de un par de horas en toda la noche. Eso un día y otro, y otro más. 

Hoy agradece no haber tenido que ir a trabajar. Dice el psicólogo del colegio que lo que te pone de más mala leche en la vida es no poder descansar bien por una circunstancia o por otra, no contar con esas horas seguidas de descanso nocturno tan necesarias que hacen que tu cuerpo se recupere. 

Dormir bien fortalece tu sistema inmune a la vez que mejora tu estado de ánimo, reduciendo el riesgo de enfermedades y aportando más claridad mental. Ahora mismo se metería otra vez en la cama. 

El grado de agotamiento que siente, tanto físico como mental, es brutal. El psicólogo también dice que, igual que han venido los terrores nocturnos, algún día se irán, que tenga paciencia.

Se siente francamente mal: Darío es su hijo y solo tiene cuatro años. Ella decidió ser madre, fue un niño buscado y deseado, pero hasta ese momento no ha sido consciente de que un niño no solo te llena la vida, te la inunda, te la desborda, te hace renunciar a tantas cosas…. Y, siendo sincera consigo misma, no tiene ganas de este esfuerzo extra, está cansada, no se ve capaz. No es fácil.

Pablo ha llevado hoy al niño al colegio y ella sacude el cepillo por la ventana después de barrer el salón; sabe que eso no está bien. Antes de realizar esa operación incívica, mira a un lado y a otro y, una vez se cerciora de que no pasa ningún transeúnte, agita el cepillo enérgicamente con la mano y los pelos de Dal vuelan al exterior de la estancia a través de la ventana. 

Hacer desaparecer los pelos es una tarea imposible. En un piso pequeño con perro es algo inevitable y terminan formando parte de la decoración. Cuando decides compartir tu vida con una mascota, tienes que aprender a ignorarlos o te vuelves loca. 

Cierra la ventana y observa el parque a través del cristal, ese parque que tanto la inspira. Si no tuviera que aprovechar su último día de vacaciones después de las fiestas navideñas para ir al mercado a comprar, para hacer la comida de varios días, para poner lavadoras, para ir a recoger a Darío, para acercarle al cumpleaños de su amiguita Nora, para darle un paseo más largo a Dal… Si no «tuviera que», se sentaría delante de su ordenador a escribir, a seguir con su proyecto de novela tanto tiempo postergado, pero las tareas domésticas y las obligaciones diarias le pasan por encima una vez más.

No es capaz de organizar su día a día para darle ese momento íntimo y especial que necesitaría su escritura, el poder desarrollar esa parte que vive en ella de una forma física, real y tangible. No sabe encontrarlo. Algún día, quizá, ¿quién sabe? Al final procrastina una y otra vez, sintiéndose frustrada por no poder dedicar más tiempo a esa parcelita de su vida, esa pequeña parte tan necesaria para ella.

Al pasar por el baño se observa en el espejo a través de la puerta abierta, en penumbra, con la luz apagada, con el pijama aún debajo de la bata, la pinza sujetando su melena llena de canas. Solo tiene cuarenta y tres años, pero los signos del tiempo están empezando a aparecer en su rostro. Enciende la luz para observarse mejor: tiene unos surcos debajo de los ojos que la hacen parecer un oso panda. Una ducha le vendrá bien, decide, y, ni corta ni perezosa, se pone a ello. 

El agua caliente y el jabón con olor a lilas que compró en Liberty en Londres la transportan a campos de lavanda, una agradable sensación de bienestar la inunda. Vienen a su cabeza ideas de relatos, frases sueltas, se enjuaga anhelando sentarse delante de su ordenador. 

Cuando esos momentos de inspiración la sorprenden, desearía poder escribir de inmediato porque después ya no le sale igual, no lo recuerda de la misma manera y, a pesar de que se esfuerza en anotar las ideas en una u otra libreta, después no tiene tiempo de desarrollarlas. Es «pan para hoy y hambre para mañana», como decía su querida abuela Carmen.

Se permite unos minutos de autocuidado, se echa crema corporal, incluso se maquilla los labios y los ojos de una forma discreta; le gusta el maquillaje sutil con colores suaves. Está guapa, siempre ha tenido una cara bonita a pesar de las ojeras y de la falta de sueño, se mira con agrado y cierra la puerta del baño.

Decide hacerse un té negro antes de salir al mercado, su próxima tarea inevitable del día. Llena la tetera de agua y la pone en el fuego. Mientras se calienta, aprovecha para cotillear el Instagram; el tiempo para las redes sociales es cero en este momento de su vida. 

Sigue cuentas de compañeras escritoras como ella que han tenido mejor fortuna, han conseguido publicar y autopublicar varios libros y se dedican en exclusiva al oficio de escribir como única fuente de ingresos. No es su caso. No tiene una renta anual como Virginia Woolf, ni siquiera tiene una habitación propia, ni amigos entusiastas que le regalen una asignación que cubra todo un año de ingresos para poder terminar su novela, como hicieron con Harper Lee. A ella muchos de sus amigos la miran como si fuera un bicho raro, ni siquiera son lectores.

Entiende que la dedicación es importante para crecer, las rutinas, el «leer mucho y escribir mucho te harán llegar a tu meta, a ser una gran escritora» que lee en una de las cuentas que sigue cuando añade dos cucharadas de azúcar moreno a su té negro.

No es capaz de organizar su día a día para darle ese momento íntimo y especial que necesitaría su escritura.

Ella es mamá a tiempo completo y trabaja ocho horas diarias en jornada partida. No trabajar no es una opción. Quizá su momento no sea este.

Dicen que las comparaciones son odiosas y así es, pero… 

—¿Por qué ellas sí y yo no? —se pregunta en voz alta. 

Una publicación de Instagram llama su atención mientras le da un largo sorbo a su té aún humeante en la taza. Encuentros de escritoras como ella y retiros en los que comparten sus proyectos en contacto con la naturaleza, clubs de lectura, cursos de escritura… La oferta es increíble. Muchas mujeres al igual que ella, con las mismas inquietudes, ¿por qué no? 

Decide que el momento es ahora. ¡La vida pasa tan rápido! 

Con renovadas energías y emocionada por su atrevimiento, envía un mensaje directo a la promotora de uno de los eventos para que le amplíe la información.

La contestación es inmediata y ella ya sabe dónde va a pasar unos días el próximo mes. 

Coge su mochila, cierra la puerta y sale de casa dispuesta a ponerse el mundo por montera con una enorme sonrisa en su rostro cansado.

Yolanda González Fernández

Tejedora de sueños y bordadora de historias. Todos tenemos una historia que contar.

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