Toda mi existencia, desde mi más tierna infancia, ha estado emocionalmente marcada por las películas, los libros y la música. De tal forma que podría decirse que mi inteligencia emocional está construida con ladrillos de quimeras. Dudo que sea la única persona cuya educación sentimental haya descansado en esos pilares. Lo que me lleva a pensar en la cantidad de taras emocionales que padecemos.
La depresión y la ansiedad caminan por nuestra sociedad como terribles tornados que no dejan indemnes a aquellos con quienes se cruzan. La salud mental por fin empieza a verse como otra asignatura que tenemos pendiente con nosotros mismos. Que acabara siendo como ir al oftalmólogo para revisar la vista sería una clara demostración de que, como sociedad, hemos avanzado en inteligencia emocional.
Vemos a las personas que asisten a terapia como aquellos que tienen un problema cuando, en realidad, son aquellos que se están ocupando de su problema. Personas con la suficiente valentía como para verse, reconocerse y tratarse. Héroes de una sociedad que los victimiza por preocuparse de su salud integral y no solo física.
Me pregunto si nuestros padres y maestros hubieran invertido el mismo tiempo en nuestra educación emocional que en la general, ¿podríamos haber sido mejores adultos?
Se olvidaron de hablarnos de sexo con franqueza, nuestros sentimientos quedaron en el olvido y hoy nos movemos en un mundo que nos estresa, entristece y, en ocasiones, agobia tanto que nos da pavor. El cóctel perfecto para crear monstruos que devoran los sentimientos ajenos en una rueda de comer y ser comido que hace que todos dañemos porque tenemos heridas infligidas por otros.
Suena agotador, es agotador. La existencia presente nos absorbe como un agujero negro tan absolutamente denso que ni nos damos cuenta de que somos atraídos hacia él.
Nosotros, que hemos sufrido esos errores, deberíamos dejar de expandirlos. Normalicemos la educación sexual, pero también la emocional, porque ello llevaría a exterminar violencias como la machista o la racista.
Dejemos de preocuparnos tanto por el conocimiento y ayudemos a preservarnos antes de perdernos en un mundo que es atroz, porque las personas que lo habitan también lo son.
Recuerdo cuando vi una película tan hermosa que me marcó y no lo supe hasta hace poco. Carta de una desconocida, de Max Ophüls, se acercó por casualidad a mi yo de ocho años, quizás siete. Me pilló desprevenida y, sin darme cuenta, definió lo que yo iba a entender por enamoramiento, fijando mi futuro sin saberlo. Contemplé cómo el amor tenía un cariz de sacrificio y silencio, de cobardía y sufrimiento, y tardé en comprender que no tenía por qué ser así.
El tiempo, la madurez, las experiencias me hicieron ver que muchas de mis nociones emocionales estaban basadas en fantasías ajenas; fue justamente entonces cuando, por un momento, añoré lo que pude ser. Eché de menos todo lo que pudimos ser si nos hubieran enseñado a manejar nuestras emociones.


