Recuerdo perfectamente cuando mi mayor acto de rebeldía era alargar mis momentos en el baño. ¿El objetivo? Merodear entre las páginas de las revistas que mi hermana mayor compraba cada semana. El ritual tenía lugar los lunes por la tarde, cuando regresaba del videoclub con el botín bajo el brazo: la Vale, la Bravo y la Superpop, también conocidas como «el triángulo de las Bermudas de las hormonas adolescentes».
Ella tenía predilección por la Vale, seguramente por esa sección infinita de sexo que a mí me daba un asco tremendo. Ver imágenes de parejas retorciéndose en posturas imposibles me generaba un pavor real, pues estaba convencida de que, en cualquier momento, alguno se iba a romper la crisma. ¿Y las descripciones? Ganas de vomitar es poco. «¿En serio esto es lo que hacen los adultos? ¿Cómo puede alguien creerse guay practicando algo que parece tan extraño y doloroso?», pensaba yo a mis once añitos. El sexo visto desde los ojos de una niña es como hacer educación física a mediodía: IN-FU-MA-BLE.
Como decía, el reparto era claro: para mi hermana la Vale y para mí, la Superpop. Era el equilibrio perfecto porque ella siempre la dejaba olvidada en algún rincón y yo aprovechaba para «culturizarme» clandestinamente. Con sigilo, me escapaba a mi rincón secreto para aprender de esas «cosas de mayores» y, sobre todo, para contestar los tests sin ser descubierta, pues mi madre no habría procesado bien que su hija pequeña manejara semejante flujo de información.
Lo más curioso es que mi hermana y mi madre tenían algo así como un pacto de Estado después de que la tutora del colegio le indicara que debía reforzar la comprensión lectora:
—Que lea lo que quiera, señora. Lo importante es que asiente el hábito —le recomendó la profesora.
Y vaya si lo asentó. Mi hermana se lo tomó al pie de la letra, sumergiéndose en páginas que, según ella, la ayudarían a aprobar el curso con nota. Pero yo, que tenía información privilegiada, sabía que allí se aprendía más de anatomía que de literatura y que la expresión oral de la revista no era precisamente la que pedían en una clase de Lengua.
Cuando conseguía escabullirme, sacaba mi Superpop de debajo de la chaqueta de chándal y la abría por la sección de autoconocimiento: el oráculo de Delfos de los 90. Dime qué contestas y te diré quién eres, vaticinaba el subtítulo. ¿Qué concursante de OT1 eres? Natalia, por supuesto, al tiempo que entonaba el mítico Vas a volverme loca en mi cabeza con micro imaginario incluido. ¿Qué canción de Disney resume tu vida sexual? ¿Mi qué? Como no tenía ni idea de qué responder, elegía mi favorita: Bajo del mar, banda sonora de La Sirenita. Todo muy apropiado, claro que sí. ¿En qué villano te transformas cuando te cabreas? Maléfica, estratega y despiadada (aún me dura el ramalazo).
Luego llegaba la artillería pesada: el test amoroso. Respondía con una solemnidad digna de opositora, como si me fuera la vida en ello:
—«¿Te tomas el amor en serio?» Cuando piensas en casarte… B) Te ves de novia y a tu chico esperándote emocionado. ¡Es tu gran sueño! (Claramente, Disney me había frito el cerebro).
—«¿Crees que las infidelidades se pueden perdonar?» En ese momento lo tenía claro: ¡Ni de coña! Si te pone los cuernos es un imbécil. Con los años he aprendido que un tío puede ser un impresentable por mil razones más y que la fidelidad es algo bastante más complejo que no acostarse con otra.
El test de la Superpop era el Poli Deluxe de nuestra generación: la verdad verdadera que nunca fallaba. Allí aprendí sobre mi horóscopo mucho antes de saber qué era una carta astral. Conocer cómo me iría la semana en salud, dinero y amor era pura magia. Lo cierto es que me encantaba buscar mi «día de la suerte» para salir a comerme el mundo, convencida de que estaba bajo la protección de los astros y de mi revista favorita.
A veces me azota una oleada de nostalgia al pensar en esa niña hurgando en las cosas de su hermana, convirtiendo esos recortes fosforitos y los pósteres de Leonardo DiCaprio en su más preciado tesoro. Me da ternura esa confianza ciega que teníamos en el futuro; esa certeza de que, si el horóscopo decía que el miércoles triunfaríamos, el universo entero conspiraría a nuestro favor. Bendita inocencia la de aquel entonces, cuando nuestro mayor dilema se resolvía sumando puntos A, B o C.
Nos hicimos mayores esperando una vida ideal y aquí estamos, gestionando la realidad adulta e intentando encajar en un mundo que no venía con las instrucciones de la Bravo.
Nadie nos advirtió que el futuro era esto. Sin embargo, al mirar atrás, me doy cuenta de que algo de verdad habitaba en aquellas páginas perfumadas: la vida, en realidad, debería resumirse en saltar de la cama cada mañana con la misma fe indómita y las mismas ganas de comernos el mundo que teníamos a los once años, justo después de leer que los astros nos prometían una semana inolvidable.
Al final, quizás solo se trate de rescatar a la niña que fuimos y recordarle que, vote lo que vote la mayoría, ella sigue siendo su propia respuesta ganadora.


