Lo que el público no ve en el teatro

Junio de 2026. El camerino huele a ropa de otra época, a maquillaje, nervios y a algo de Lorca, ya que en esta última función interpretamos su obra Yerma. Un compañero se aleja y repasa en silencio, otros salen a fumar por la puerta de atrás para aplacar nervios, otros buscan desesperados los diferentes cambios de ropa que se van a poner. Nos ayudamos a colocar el atrezo y calentamos la voz. Al otro lado, el público se va sentando. Solo nos separa un telón. Quedan apenas unos minutos. Después de meses de ensayos, ya no hay nada más que hacer. Nos damos un último abrazo colectivo y salimos a escena. Se abre el telón.

Pero retrocedamos unos meses atrás, porque el teatro no empieza cuando se abre el telón, empieza mucho antes… Cuando un grupo de personas se reúne cada semana, cuadrando horarios entre vida laboral y personal, comienza a crear desde cero una historia que más adelante deberá hacerla cobrar vida ante un público, en ocasiones exigente.

En esta profesión hay un esfuerzo inmenso. Invisible. Aprender el guión. Repetir escenas una y otra vez para ir dándole matices cada vez más creíbles. Frustrarse. Volver a empezar. Ver cómo el personaje va creciendo casi sin darte cuenta. Las frases de otros compañeros, que acabas aprendiendo casi mejor que las tuyas y que te acompañan incluso cuando ya se ha terminado la función. Y, por supuesto, construir a cada personaje con paciencia y mimo. 

En mi caso, tuve que hacer que una muchacha, María, cobrase vida. Cogí mucho cariño a esa joven que llevaba una vida muy contraria a la mía: probablemente ella nunca habría salido de su pueblo; yo sí. Ella se había casado, se quedó embarazada y enseñó su bebé al mundo; yo todavía no sé lo que es ser madre. Su meta en la vida es la de convertirse en buena esposa y madre; yo aún no lo tengo claro… 

Y el día de la función, antes de salir a escena, te embriagan esos nervios que no amenazan con ser enemigos, sino que están llenos de ilusión, como queriéndome decir: «Es aquí donde quieres estar, disfrútalo». Y miras a tus compañeros, en los que confías para dar vida a una historia que se empezó a fraguar tiempo atrás. Porque las historias rara vez se pueden contar a través de una sola persona, se necesitan otras personas para darles sentido y verdad.

El mejor recuerdo no siempre está sobre el escenario, a veces está detrás del telón.

Y sí, los ensayos pueden ser infinitos, pero cuando estás arriba del escenario, el tiempo pasa muy deprisa. Casi como las bodas, en las que muchas novias dicen que no recuerdan apenas nada de los nervios que tenían. Esto es parecido… se disfruta tanto que, cuando acaba, sientes que no ha sido suficiente. ¿Acaso algún día me será suficiente? No lo sé, pero lo que sí sé es lo que viene justo después: los aplausos. Y no como una recompensa, sino como un reconocimiento compartido porque no son para una sola persona, son para todos. 

Hay pocas cosas que me emocionen más que ver un teatro entero ponerse en pie. Entonces entiendes que todo ha merecido la pena. Que, durante un rato, esas personas han vivido la historia contigo. Y quizás eso sea lo que el público nunca llega a ver… 

*Especial mención a mi escuela, Nueva Escena, y a todos mis compañeros/amigos que comparten el amor por el teatro tanto como yo.
Diana Camarero Bautista

Comunicadora e Integradora social. Viajo a través de los libros y me divierte hacer teatro.

1 Comment
  1. Lo has clavado. Por tener la vivencia descrita, merece la pena formar parte de un grupo de teatro tan estupendo, en el que cada uno aporta su experiencia, su mochila, generando una fuente de enriquecimiento a los demás, al menos para mí, que no estoy dispuesta a perderme. Gracias Diana por sintetizar este sentimiento de una manera tan clara y concisa.

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