Marisa entra en su casa resoplando después de una extenuante jornada de trabajo. De un puntapié se baja de los tacones y se deshace de la falda de tubo. De esa guisa, en bragas y jersey, se acerca al cuarto de baño de donde proceden los gritos.
-—¿Se puede saber qué escándalo es este?
Su marido, arremangado y con medio cuerpo sobre la bañera llena de espuma, parece haberse contagiado del entusiasmo de los dos niños que chapotean. Los tres sonríen al verla.
-—¡Mamá! ¡Estamos haciendo una guerra de barcos pirata! ¡Ven a jugar con nosotros!
Marisa observa el desastre: charcos en el suelo, los pijamas de los niños empapados, los rollos de recambio de papel higiénico echados a perder, su cestito con artículos de maquillaje caído bajo el lavabo…
-—No puedo, ya es hora de cenar, cariño. Arturo, ¿has descongelado las pechugas de pollo?
—No. Hacía tan buena tarde que nos hemos ido al parque y… se me olvidó.
—Estupendo…
Marisa da media vuelta consciente de que su rictus serio ha sido suficiente para que el ambiente cambie por completo. Y no le importa.
Se dirige a la cocina, donde husmea en la despensa buscando cómo preparar una cena decente con lo que encuentra. Deja latas y utensilios sobre la encimera con gestos bruscos mientras maldice por lo bajo. Su jornada no acaba nunca. Se pregunta cuándo tendrá un momento para estar sola. Cuánto tiempo hace desde la última vez que tuvo un rato tranquilo.
Y en qué momento le pareció buena idea la de formar una familia, sabiendo que su trabajo la consume. Reuniones, videollamadas, formaciones, toques de atención, team buildings... Por no hablar de los trayectos a y desde la oficina en transporte público. Marisa es consciente de que sus días están demasiado repletos de ruido y gente alrededor, tanto en casa como en el trabajo, y recuerda con amargura que hace años que no puede leerse un libro, que abandonó el sano hábito de meditar por falta de paz (qué paradoja), que a ella le gustaba disfrutar de sus mañanas haciendo journaling mientras bebía una taza de té en silencio.
Toma aire. Necesita estar sola. Y lo necesita ya.
Puede que, cuando toda la vorágine de la vida en la que estamos inmersas pase, nosotras también echemos de más esa soledad que ahora echamos de menos.
Juana aparta las cortinas y mira por la ventana. Qué mala pata, justo hoy tenía que llover. Resignada, vuelve a su butaca con pasos lentos y se deja caer en él sin soltar su bastón hasta que se siente segura. Se queda mirando la tele apagada, pensativa.
Su día sería diferente si hiciera buen tiempo. Los viernes, su hijo termina algo más temprano de trabajar y se acerca a verla antes de marchar para casa. Durante esas visitas, Juana recibe una batería de comentarios acerca de las últimas trastadas de sus nietas, responde a cuestionamientos relativos a su estado de salud («¿Te has tomado las pastillas hoy?», «¿te mides la tensión a diario?»), para luego ver con angustia cómo su hijo echa fugaces vistazos a su reloj de muñeca mientras la conversación perece. Antes de que se marche le lanza la eterna pregunta: cuándo vendrá con su mujer y sus niñas. «Pronto, mamá» es siempre su respuesta. Una respuesta que, a pesar de la insistencia de Juana en ofrecerse a prepararles un buen guiso, rara vez se convierte en realidad.
Por más que sea consciente de la superficialidad de los encuentros que mantiene con su hijo, Juana ansía sus visitas. Pero hoy no acudirá. Los días de lluvia, él cambia la bicicleta por el coche para ir al trabajo y eso le impide acudir a casa de su madre. Según dice, en el centro es imposible aparcar.
En su día a día, Juana apenas tiene relación con otra gente. Su hija vive lejos, en el extranjero, donde parece haber encontrado un buen puesto. Pero ella no es capaz de alegrarse, ¿cómo hacerlo si ese empleo es el culpable de que solo vea a su primogénita una semana al año? En sus últimas llamadas, ha empezado a comentar algo acerca de un chico que está conociendo. Eso ha hecho que las esperanzas de Juana acerca de que su hija regrese al calor del hogar (o, al menos, a la ciudad) se desvanezcan.
Por otro lado, las vecinas de siempre se han ido a residencias, o a vivir con los hijos. Las menos afortunadas han fallecido. Apenas conoce a nadie en el barrio. Así las cosas, en su casa solo entran su hijo, el del butano y el chaval del frutero, que una vez cada quince días le sube una caja repleta de género. Ninguno de los tres parece tener interés en alargar las conversaciones que Juana intenta desesperadamente mantener.
Mecida por el tic-tac del reloj de cuco que desde hace sesenta años la acompaña en el salón, recuerda con nostalgia los ratos en que la casa estaba llena. Los niños, ¡qué rebeldes eran! ¡Y cuánto trabajo daban! Cuando no era un remiendo, era una herida: no paraban quietos, siempre corriendo por el pasillo y llenando la habitación de cachivaches con los que jugaban y se reían a mandíbula batiente. Y su Paco, que en paz descanse, ¡qué gracia tenía, el condenao! Siempre lanzaba una broma cuando le reprochaba que no le ayudara a recoger el desastre en el que vivían. Pero el tiempo pasó y, cuando se quiso dar cuenta, todos los que un día le dieron tanta faena fueron desapareciendo de aquella casa, lo que la condenó a estar a solas y en silencio un día tras otro.
Seguro que te reconoces en Marisa, pues muchas nos encontramos, como ella, deseosas de tiempo para nosotras y de un rato de tranquilidad y paz. Pero que no se nos olvide nunca acompañar a las Juanas que tengamos a nuestro alrededor, porque puede que, cuando toda la vorágine de la vida en la que estamos inmersas pase, nosotras también echemos de más esa soledad que ahora echamos de menos.


