Mira, no te voy a mentir: no todos los días uno ve a una mujer completamente desnuda recogiendo trozos de queso colgados de las ramas de un abedul. Pero yo la vi. Y no, no era un sueño, ni una borrachera particularmente creativa. Era martes.
Apareció justo después del desayuno, cuando yo estaba en el jardín intentando convencer a mi gato de que no era un espía. Caminaba descalza, como si la tierra fuera alfombra, y tenía esa expresión en la cara que solo tienen las personas que saben exactamente lo que están haciendo… Aunque lo que estén haciendo sea, bueno, recolectar lácteos del follaje.
No todos los días uno ve a una mujer completamente desnuda recogiendo trozos de queso colgados de las ramas de un abedul.
El queso no era cualquiera. Había brie, camembert, incluso un par de trozos de roquefort que goteaban misterio y hongos con clase. Estaban colgados de las ramas con hilos rojos, como adornos de una Navidad extraña, patrocinada por alguna secta de chefs.
Ella no hablaba. Solo estiraba el brazo, tomaba un trozo, lo olía con gravedad sacerdotal y lo depositaba con cuidado en una cesta de mimbre que parecía salida de una película francesa de esas que nadie entiende, pero todos aplauden.
Yo, por supuesto, hice lo que haría cualquier persona sensata: la observé detrás del seto durante veinte minutos con la expresión congelada entre el asombro, la risa nerviosa y el deseo de preguntarle si vendía porciones.
Cuando finalmente se giró, me miró a los ojos y dijo:
—Solo florece en agosto. El queso. Hay que saber esperar.
Y se fue.
Desde entonces, reviso el abedul cada mañana. Nunca se sabe.


