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La mejor historia de amor que me han contado

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Hace no mucho me contaron una historia. Una historia de amor (como no podía ser de otra manera). Una historia ya pasada, pero que tal y como ocurre con la mayoría de historias importantes, permanece presente en el recuerdo, bien porque nada mejor ha podido desbancarla hasta la fecha, o bien porque fue tan real que su intensidad perdura a pesar del paso del tiempo.

Que sí, que siempre fui fan de este tipo de historias, lo reconozco, y cuando las escucho las disfruto tanto como si las hubiese vivido en primera persona. Me la contaron un jueves cualquiera en medio de una de esas conversaciones que empiezan con un paquete de pipas, continúan con una bolsa de golosinas y terminan arreglando el mundo entero, o mejor dicho, arreglando nuestro mundo interno.

Sucedió años atrás, y aunque eran muy jóvenes todavía estoy casi segura de que fueron conscientes desde el minuto uno de que aquello que vivieron era amor verdadero.

Él, cuando la vio por primera vez lo tuvo claro, pensó: “esta chica es para mí”.  Ella, al ver su sonrisa, entendió que no tendría escapatoria. Se encontraron en una simple mirada. Y fue en el primer beso donde decidieron estar juntos y no separarse por nada del mundo.

Él, en ocasiones, trabajaba en turno de noche y ella solía esperarlo en casa; sin embargo, aquella noche decidió ponerse su mejor vestido, se pintó los labios de su color favorito y lo fue a buscar sin avisarlo, le hacía ilusión darle la sorpresa.

Cuando él la vio aparecer sintió un escalofrío por todo su cuerpo, pero de esos que te arropan y te dejan cosquillas en la barriga hasta el día siguiente.

«Estaba tan guapa», me dijo con una sonrisa llena de nostalgia. No recordaba haber visto una chica más linda que ella entonces, porque ella era luz e iluminaba cada rincón de oscuridad de su existencia. 

Se fueron a casa, cenaron e hicieron el amor, algo habitual y cotidiano a lo largo de su noviazgo; en cambio, él recuerda esa noche como la mejor de su vida.

Fueron meses de ensueño, donde las ganas, la pasión y la ilusión eran su razón de ser, haciendo de sus días el lugar perfecto en el que permanecerían sin importarles la infinidad del horizonte.

Pero a esta historia, como a todas, le llegó su final y la vida se encargó de separar sus caminos. Sin embargo, no es el final lo que me impactó, sino el brillo de sus ojos al contármela, su sonrisa al describir sus días con ella y su mirada perdida al recordarla.

Me di cuenta de que guardaba en su interior un tesoro precioso, de esos que no pueden mostrarse a la primera de cambio, tampoco a cualquiera. Se trata de la riqueza interior de cada uno. Y qué bonito es que te dejen verla aunque sea entre pipas y golosinas.

Me enamoré de él a través de su historia de amor por ella, fue inevitable no hacerlo. Diría que nunca me han mirado de esa manera, así que si algún día me vuelvo a enamorar que sea de alguien que me mira como él la miraba a ella.

Afortunada de tener mi propia riqueza interior. Pero sobre todo, afortunada de que otros quieran compartir conmigo la suya, aunque sea sólo durante diez minutos de gloria un jueves cualquiera.

Mymi

Sonríe con la mirada, ríe con el alma y escribe lo que no se atreve a decir.

1 Comentario
  1. „Después de haber echado una carta, subía al piso de arriba y me tumbaba junto a mi mujer y, con los ojos bien abiertos fijaba la vista en la oscuridad, como intentando leer mi futuro. Me decía una y otra vez que, si un hombre, un hombre sincero y desesperado como yo, ama a una mujer con todo su corazón, si es capaz de cortarse las orejas y enviárselas por correo, si es capaz de sacarse la sangre del corazón y volcarla en el papel, saturar a esa mujer con su necesidad y anhelo, asediarla eternamente, no puede ser que ella lo rechace. El hombre más feo, más débil, el hombre más indigno ha de triunfar por fuerza, si está dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre. Ninguna mujer puede rechazar el don del amor absoluto“

    Henry Miller

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