Miró como nunca antes había mirado. Sus ojos se quedaron fijos en aquella melena ondulada, en aquel cuello fibroso, aquella espalda adivinada bajo la camiseta, aquel trapecio que soportaba el peso de una mochila llena de libros. Sintió como nunca antes había sentido y ahí comenzó su tormento.
Todos los días pasaba por el mismo sitio a la misma hora y siempre con los ojos bien atentos. Quería encontrárselo, aunque solo fuese por verle una vez más antes de que acabara el día, o por hacerle creer al destino y a ella misma que, si coincidían tanto, era porque estaban predestinados.
Si un día estaba desaliñada, rezaba por no cruzárselo, y si otro día «le subía el guapo», hacía lo posible porque se fijara en ella, pero nunca ocurría tal fenómeno.
Ella siempre le veía,
él nunca la miraba.
Las noches se hacían eternas con pensamientos de caricias y tonteos. Su lista de canciones ponía banda sonora a bailes, fiestas, encuentros fortuitos, una boda ficticia, viajes de novios… Todo lo que pudiera imaginar con él estaba permitido. Aunque esos momentos solo existían en su mente, a ella le hacían feliz.
Él era mayor, pero no mucho, lo suficiente como para que fuese factible, para que fuese real. Cada día, una conquista; buscarle era una lucha, coincidir, un triunfo. No verle era la derrota más absoluta. Pero, día a día, la ilusión aumentaba, no había opción de rendirse, sólo esperanza, esperanza de una mirada, un «hola», una sonrisa…
Una tarde lluviosa ella salió corriendo porque había olvidado el paraguas y, sin saber cómo ni con qué, tropezó y resbaló haciendo que sus pies chocaran con otros pies que se pararon en seco. Una mano tendida le ofreció ayuda para levantarse: era él. Ella le cogió de la mano y se levantó.
Él la vio,
la miró
y, aunque el momento duró segundos,
ella lo recordó durante años.
Algo cambió; esa tarde sus miradas se habían encontrado. Ahora él sabía que ella existía, dejaría de ser alguien invisible, ahora la conocía y era ahora cuando ella sintió que no quería volver a verle.
Sentía vergüenza, sentía pudor, no era así como ella imaginaba aquel milagroso encuentro. No fue así como ella lo pidió, no fue así…Y, sin embargo, así fue. Tal y como ella jamás hubiese imaginado.
Durante días evitaba pasar por los mismos lugares, evitaba cualquier cruce, le esquivaba como nunca pensó que lo haría. No obstante, coincidían día sí, día también. Ahora era el destino el que se la estaba jugando.
Él la miraba,
pero ella a él no.
Tan solo por las noches se atrevía a pensar en él, en ese encuentro fortuito de miradas y besos que era lo que siempre había imaginado y que el destino, intercediendo de nuevo, había cambiado egoístamente por un tropiezo torpe y humillante. Quería que los días pasasen rápido, que él olvidara aquel día, que lo borrara de su mente y así poder empezar de cero; que todo fuese como antes, que nada hubiese cambiado, que tuviera una nueva oportunidad. Pero ya era tarde, las cosas pasan y pasan. Ya nada era como antes.
Una fiesta, una casa, un recinto en el que se junta un grupo de gente a hacer varias cosas, algunas tienen sentido, otras, quizá no tanto. Pero todos se divierten o, al menos, lo intentan; eso es lo que viene siendo una fiesta.
Ella estaba invitada,
él también.
«Voy, no voy, voy, claro que voy, uy no, qué va, no voy… voy, no voy, definitivamente no voy».
Ella fue,
y él estaba allí.
—Hola.
—Hola.
—Te conozco…
—Y yo a ti.
Y ya que en todas las fiestas pasan cosas, en esta también pasaron: cosas buenas, cosas bonitas, cosas mejores de las que ella había imaginado. El encuentro, las caricias, el beso…y el dulce y amargo adiós.
«Redoble de tambores en el corazón.
Exaltación en las entrañas.
Mariposas revoloteando por el estómago.
Torrente de pensamientos.
Atontamiento.
Falta de hambre.
Falta de sueño
Ensimismamiento en general.
Trastorno de enamoramiento grave
¡Alerta roja!
¿Y, ahora, qué?»
Todos esos sentimientos se podían percibir en su cuerpo, todos a la vez, todos queriendo entrar y alcanzar el primer lugar. Pero esa posición estaba ocupada; alguien había alborotado a ese ser. Ahí estaba, subido a un pedestal en su cabeza, con su melena ondulada, con su camisa medio abierta, con su moreno playero y sus ojos tímidos, alzando el trofeo al más encantador, al ganador del primer puesto.
El día siguiente, ese terrorífico día —no nos confundamos, el día siguiente no es nada agradable—.
«Resaca asomando.
Nivel de malestar alto.
Sin noticias de «Dios».
Sensación de abandono subiendo.
¿Depresión momentánea?
¿Ansiedad?
¿Me estoy ahogando?
No, no me estoy ahogando.
Me estoy muriendo.
Afirmación.
Activación de paranoia en 3…2…1».
Domingo. Ha sobrevivido al día siguiente sin daños colaterales graves, puede levantarse y disfrutar del día del señor que seguro traerá la paz que anhela. El día pasa, transcurre con normalidad y aburrimiento, pero la paz no llega, sin embargo, la noche sí. De nuevo alerta roja, mil pensamientos empiezan a invadirla con lanzas y puñales. Mañana empieza la semana, eso significa que todo vuelve a la normalidad y si nada ha pasado, es que NADA ha pasado… De pronto, una notificación en el móvil, una señal del cielo, un movimiento alentador, un mensaje. Es él.
«Redoble de tambores.
Fuegos artificiales.
Cantos gregorianos.
La paz del señor esté con vosotros…»
Esa paz tan ansiada la ha traído este pequeño aparatito del que no se ha separado en todo el fin de semana. Ahí estaba, se ha hecho desear… Insultos varios corren desbocados por su mente, pero con una sonrisa alentadora.
Pasan los días, las citas, los besos, las risas, los nervios también pasan, pasan y vuelven a pasar, hasta que un día pasan del todo y, entonces, dejan de pasar.
Ella le mira,
y con él ve a otra.
Él la mira.
La otra coge la mano de él,
la otra le besa,
la otra le abraza.
No era ella,
era otra.
¿Qué pasó?
¿Cuándo dejaron de ser lo que quizá nunca fueron?
Él abraza a la otra,
ella le mira,
él besa a la otra,
ella le vuelve a mirar,
él mira hacia atrás buscándola.
Pero ella ya no está.



Me veo reflejada en otra vida, hace tantos siglos… precioso!!
Los amores más intensos, sin duda.