El otro día, en una nota de voz de siete minutos, una amiga me lo dijo claro:
—Tía, el mercado está fatal.
Y es algo que oigo casi todos los días.
Como si estuviéramos hablando del precio de la vivienda.
Pero no.
Hablábamos de hombres.
Hombres que no saben lo que quieren.
Hombres que sí lo saben, pero no lo dicen.
Hombres que desaparecen como si fueran stories de Instagram… y vuelven como si nada hubiera pasado.
Y yo, que ya no sé si soy romántica o me he convertido en analista del comportamiento, me hice la pregunta incómoda:
¿Es el mercado el que está fatal… o somos nosotros los que hemos cambiado las reglas sin saber adaptarnos?
Porque, seamos honestas, con las apps lo que queda del amor es su versión fast food.
El sociólogo Zygmunt Bauman lo llamaría «amor líquido».
Yo lo llamo de otra manera: amor en modo prueba gratuita.
Lo pruebas.
Lo usas.
Y si no te convence… ¡el siguiente!
Sin devolución.
Sin explicaciones.
Sin cierre.
Y en ese escenario aparecen ellos.
Los hombres del «vamos viendo».
Del «me encantas, pero no estoy en mi mejor momento».
Del «no busco nada serio… pero tampoco nada casual».
Un nuevo género literario: el hombre ambiguo.
Ese que quiere estar, pero no del todo.
Que conecta, pero no sostiene.
Que aparece… pero no se queda.
Y sí, podríamos llamarlo apego evitativo y quedarnos tranquilas con la etiqueta.
Pero la realidad es más simple y más incómoda: son vínculos sin responsabilidad emocional.
Mientras tanto, nosotras…
Emocionalmente trabajadas, con terapia hecha, podcasts escuchados y una capacidad admirable para ponerle nombre a todo.
Incluso a lo que no lo tiene.
Entendemos.
Analizamos.
Justificamos.
Y a veces… también aguantamos.
Porque muchas veces no vivimos un amor, sino un enganche.
Esa especie de espera intermitente que engancha más que cualquier certeza.
Y todo esto ocurre en un contexto donde la sensación es constante: siempre hay alguien mejor a un swipe de distancia.
Más alto.
Más interesante.
Más disponible emocionalmente… o eso parece durante los primeros tres días.
Como si estuviéramos en rebajas permanentes, probándonos personas como si fueran vestidos.
Con la diferencia de que aquí, cuando algo no encaja, no siempre lo devolvemos con cuidado.
Entonces claro, el mercado parece fatal.
Pero quizá no lo es porque falten hombres, sino porque sobran opciones y, con ellas, se diluye la claridad.
Cuesta encontrar la prenda especial entre tanta ropa amontonada.
Así que quizá no se trata de salir del mercado, sino de entenderlo… y jugar de otra manera.
No aceptarlos a todos, sino elegir mejor.
No dejarnos llevar por la inercia de la abundancia, sino recuperar el valor de lo escaso.
Volver a esa sensación de antes, cuando no tenías una cita al día, sino una de vez en cuando.
Y entonces te ponías nerviosa.
Y el otro también.
Porque había algo en juego.
Porque era puntual.
Porque importaba.
Y si no salía bien, no pasaba nada.
La siguiente cita llegaría… pero no mañana.
Yo no creo que el mercado esté fatal.
Sigue habiendo mujeres y hombres que valen la pena.
Lo que sucede es que ahora nos cuesta verlos entre tanta gente que no busca nada —que siempre ha existido—, se han multiplicado por mil las opciones… y con ellas, también la confusión.



Fantástico! No puede estar mejor descrito el momento que vivimos.