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En contra de abolir la prostitución, aquí mis razones…

Prostitución

Ayer leí en El País que “el Congreso inicia el camino para prohibir el proxenetismo en España en todas sus formas” y que “ellas (las prostitutas) tendrán consideración de víctima de violencia de género”. 

Me gustaría abrir un debate:

Me parece sorprendente que un gobierno socialista adopte una medida tan conservadora, propia de partidos más afines a la «moralidad» o a la religión. Si no fuera porque la ridiculez política no lo permite, Vox debería estar muy contento con esta propuesta. 

Hoy es un día gris para los libertarios y para las feministas, y me explico: 

España es el primer país de Europa en consumo de prostitución y el tercero del mundo, y desgraciadamente, las estadísticas recogen que la mayoría de las prostitutas se dedican a esto en contra de su voluntad. Esto significa que el Estado no está haciendo bien su trabajo persiguiendo a los proxenetas, y que la “alegalidad” en la que nos encontramos tampoco es la solución. 

Pero si bien cabe la posibilidad de que una sola mujer quiera ejercer este oficio en su libertad individual, ¿quién es el Estado, o un partido político, para decirle a una persona lo que puede hacer con su cuerpo?.

¿Dónde quedó el mítico “nosotras parimos, nosotras decidimos”?

Si permitimos esto, abrimos la puerta a que mañana llegue otro partido que pueda prohibir totalmente el aborto o que nos vayamos al futuro distópico de “El Cuento de la Criada” en el que los gobiernos obligan a las mujeres fértiles a ser madres en pro del interés general y de la moralidad. 

Quiero gritar bien alto que ya está bien de paternalismos, nuestro género no nos convierte por defecto en personas con discapacidad, no somos seres vulnerables por el mero hecho de ser mujeres, ni somos víctimas hasta que se demuestre lo contrario.

La utopía de abolir la prostitución no hará que deje de existir, y el Estado de Derecho quedará, una vez más, en evidencia. Y lo que es peor, aumentará la clandestinidad y la precariedad de estas personas. 

Con esta corriente abolicionista, se entiende la prostitución como violencia hacia las mujeres. Y estoy totalmente de acuerdo siempre y cuando no haya consentimiento expreso por parte de ellas. ¿Pero, qué pasa cuando lo hay? 

Empoderar a la mujer es, desde mi punto de vista, garantizar nuestra libertad, y desde luego no ayuda el hecho de fomentar medidas en las que se nos trata como seres incapaces de decidir sobre nuestro propio destino.

Feminista es quien está a favor del principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre, no quien se cree con la potestad de decidir cómo debemos ser y qué debemos hacer con nuestras vidas y nuestros cuerpos. 

Basta ya de llenarnos la boca con el término “feminista” como pretexto para menoscabar libertades individuales. 

¿Por qué no, al contrario, legalizar la prostitución, garantizando así que solo las mujeres que libremente quieran ejercerla puedan cotizar a la seguridad social, tengan mejor cobertura sanitaria y más seguridad en su oficio? ¿Por qué no endurecer al mismo tiempo las sanciones hacia aquellos que explotan o utilizan a las mujeres (y a los hombres, porque también hay prostitución masculina) en contra de su voluntad? 

Me gusta el paralelismo que escuché una vez con la abolición de la esclavitud: para acabar con la esclavitud en EEUU durante los siglos XVIII y XIX, no se quemaron los campos de algodones sino que se reconocieron los derechos a los trabajadores explotados y se pasó a sancionar a todo aquel que no los respetara. 

Dejemos de prohibir el algodón y protejamos a quien hace los pantalones.

Teresa Pérez

Abogada franco-española y más canaria que el gofio. Amante del arte y el viajar.

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