Imagina esta escena: son las ocho de la mañana de un sábado, teletrabajaste en el turno nocturno hasta las 3 am, pero como tu hija de cinco años te pidió probar clases de fútbol, te levantaste igual a las 7:30, la preparaste, la bajaste (en bata) al portal del edificio y la subiste al coche de una mamá muy amiga que se había ofrecido a llevarla para que tú pudieras seguir durmiendo. En ese preciso momento, cuando tu hija —completamente feliz y satisfecha de poder ir al fútbol junto a su mejor amigo— sacude su manita para despedirse, a ti te invade un pensamiento: «Si no voy con ella, se muere».
Esta es una historia real y esa madre soy yo. Hace pocos días recordé el episodio y mi hija, de ahora diez años, no podía parar de reírse al escucharlo. Pero para mí fue mucho más profundo que eso…
En ese momento, yo tenía unos tres años yendo a terapia, estudiaba astrología y trabajaba mi historia y mis emociones profundas con distintos métodos, e inmediatamente identifiqué que aquel miedo que me asaltaba no era mío. Cerré los ojos por unos segundos y obligué a mi mente a ver los hechos: mi hija está segura y feliz de ir con su amigo, esa mamá es de mi absoluta confianza y yo NECESITO descansar. También hice un pequeño ejercicio de liberación de memorias celulares, porque pude ver que, aunque no se ajustaba a la realidad, aquel miedo se sentía muy real en mi cuerpo y, por tanto, necesitaba que yo lo detectara (y lo dejara ir).
¿Por qué las millennial?
Y aquí es donde entra el superpoder transformador que tenemos como madres millennial. Esta generación, que va desde los primeros años de la década de los 80 a mediados de los 90, coincide con la generación que tiene (tenemos) a Plutón en Escorpio en la carta natal. Plutón es un planeta lento y pasa muchos años en cada signo, marcando de distintas maneras a las generaciones. Quienes lo tenemos en Escorpio venimos a sentir profundamente, a tener relaciones donde la implicación emocional es importante y, sí, también a transformarlo todo con intensidad y a pulsar el botón de reinicio las veces que sea necesario.
¿Y qué pasa con la maternidad y la crianza? ¡Que justamente necesitan de nosotras y nuestros superpoderes para transformarse! Aunque muy posiblemente hayamos vivido infancias marcadas por historias de control, manipulación y desconexión emocional (donde la estabilidad material y la imagen que se proyectaba hacia afuera eran más importantes que la salud mental del núcleo familiar), también es cierto que tenemos una propensión natural a revisar esas situaciones, a indagar en las profundidades y a sanar los dolores de nuestra niña interna.
Vivimos en un contexto caótico, con crisis de la vivienda, trabajos inestables, etc., pero también es verdad que los miedos de nuestras abuelas o bisabuelas a que sus hijos murieran de hambre (en medio de un contexto de guerra) o a que ellas mismas pudieran morir en un parto complicado se han alejado de nuestra realidad, al menos en el mundo occidental. Y eso nos brinda la posibilidad de sentir en nuestros cuerpos emociones y peligros que ellas —y seguramente también nuestras madres, bajo su influencia— tuvieron que barrer bajo la alfombra porque eran demasiado grandes, demasiado reales.
Dolores no procesados
Aquella mañana cuando mi hija se despedía de mí para irse al fútbol, quizás me llegó un recuerdo de lo que vivió mi bisabuela (que se despidió un día en Galicia de su pequeño hijo, mi abuelo, para irse a trabajar por unas semanas a Barcelona y quedó separada de él por varios años cuando justo estalló la guerra civil). Quizás fue otra cosa. No lo sé.
En todo caso, lo importante no es saberlo. La clave está en no rechazar esas emociones cuando llegan, porque si las dejamos entrar a nuestro cuerpo por unos segundos (y luego las invitamos amablemente a salir con técnicas de visualización, terapia, pintura o lo que cada una sienta), podremos cumplir con uno de nuestros propósitos como generación: transformar el dolor de lo materno, el miedo a la muerte de los hijos, a la sensación de que si no están con nosotras algo terrible les va a pasar…
Tenemos el poder de por fin dejar atrás siglos de historias de dolor y sacrificio materno. ¿Y por qué vale la pena? Porque hacerlo nos libera de seguir repitiendo los mismos patrones de control y manipulación con nuestros hijos, nos libera porque nos permite a nosotras tener espacios propios, aunque estemos maternando, nos libera porque tendremos hijos más independientes que volverán a nosotras porque quieren y no porque se sienten obligados o manipulados.
Y por si te lo estabas preguntando: sí, después de que arrancara el coche y mi hija se fuera feliz a su entrenamiento de fútbol, subí a casa y seguí durmiendo.



Lissy bonita, recontra interesante TODO lo que compartes aquí ! Aunque no soy Millenial, tengo 2 hijos, un yerno y una nuera que si lo son … y siento mucha verdad en todo lo que dices aquí . Me encantó 💕