El poder de la lectura y la escritura

Es curioso ver a esta altura de mi existencia cómo la escritura me ha salvado la vida con sus pequeños detalles. Cuando de pequeña escribía todo en mi diario íntimo, volcando todas mis emociones ante tantas situaciones traumáticas y adolescentes. También la lectura, leyendo solo la parte de espectáculos y comedia del periódico, porque para noticias tristes y cosas serias ya estaba la vida.

De una forma u otra, la escritura siempre fue mi puerta de salida para expresar lo que sentía y lo que siento hoy en día. Para entrar y entender mis pensamientos. Un lugar seguro donde puedo gritar mi verdad cuando siento que nadie me ve o no interesa lo que pienso. Cuando me siento invisible ante la sociedad y mi palabra tiene demasiada liviandad, el escribir todo lo que me pasa por la cabeza me da paz. Aunque mis pensamientos, en su mayor parte negativos, vayan más rápidos, por encima de todo, el escribir me da alivio y libertad. 

Quedarme solo con mis pensamientos me hace pedir auxilio, me asfixia y  solo termino pidiendo piedad. Piedad por sentir tanta culpa al maltratarme conversando conmigo misma, así no hay forma de escuchar ni de salvarme. Culpa por si lo que digo nadie lo entiende o parece una exageración y resulta la excusa perfecta para juzgarme y que el otro tenga razón. —Ya estoy pensando por demás; es momento de callar mi voz interior y seguir con otra cosa, poniendo mi cuerpo en acción—. La culpa que se siente cuando hablas con vos misma, aunque para los demás parezcas tranquila, solo te encierra y te lastima. La consciencia de esa situación me ayuda a poner el cuerpo en acción y llevar estas palabras al papel puede ser una gran liberación.

También encuentro mi refugio en algunas autoras. Elisabet Benavent es una de mis escritoras favoritas. Su último libro me costó bastante leerlo. Habla de las mujeres de bien. Las mujeres que fueron educadas para asentir y obedecer. Sonreír pese a todo, aunque te duela el pecho y no encuentres la forma de expresar lo que sentís, por haberte enseñado durante tanto tiempo y en tantas formas a reprimirlo. La forma elegante de callar, sobre todo las emociones, por el qué dirán. Callar aun cuando tenés ganas de mandar a tomar por culo a tu madre, por no estar de acuerdo ni entenderse al ser de otra generación; aunque sepas que ella de ninguna manera te desea el mal y  todo lo haga con la mejor intención. 

La novela de Benavent , Una niña buena, es para las mujeres que no sabemos decir que no y vivimos con la culpa interna sin razón. Así somos, juguetes perdidos buscando la aprobación del otro, olvidando nuestro propio amor. Porque nos enseñaron que, para sobrevivir y poder tenerlo todo, hay que sacrificarse y pasar por el dolor. 

Lo paradójico de la vida es que el «todo» es muy relativo, aunque no lo parezca, a ojos de otro. Como en las publicaciones en las redes, hay algo mucho más profundo y doloroso de lo que simplemente se deja ver, solo que pocos se animan a entender. 

La novela de Benavent , Una niña buena, es para las mujeres que no sabemos decir que no y vivimos con la culpa interna sin razón.

Yo soy una niña buena y fuerte a simple vista, me muestro como mujer adulta difícil de romper. Si esta novela me costó tanto leerla es porque, en gran parte, me pude reconocer en la protagonista de ese libro. Hay muchas verdades que se ocultan entre palabras escritas y leídas. No voy a negar que varias veces en la vida, pese a tenerlo todo (trabajo, familia, casa), me sentí demasiado perdida, sin verle sentido a la vida. Lo único que me pudo sacar en esos momentos, día a día, fueron pequeños pensamientos mágicos, ilusiones que me hacían compañía cuando era niña. Entre esos pensamientos mágicos, hoy sigo con el pequeño sueño de poder ser una gran escritora algún día, como Benavent.

María Eugenia Roson Saino

Argentina viviendo en España. Técnica en producción audiovisual, amante de la comunicación, las cafeterías y librerías. Buscadora de historias de resiliencia

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