Durante mucho tiempo intenté ocupar menos espacio.
Hablar un poco más bajo.
Sentir un poco menos fuerte.
No emocionarme tanto.
No preguntar tanto.
No esperar tanto.
Aprendí que ser demasiado incomoda.
Demasiado sensible.
Demasiado intensa.
Demasiado profunda.
Demasiado emocional.
Demasiado soñadora.
Y, sin darme cuenta, empecé a limarme. A reducirme. A editarme antes de mostrarme al mundo. Como si mi esencia necesitara corrección.
El miedo de ser demasiado no nace de la nada. Nace cuando alguien te mira como si fueras excesiva. Cuando tus lágrimas son «drama». Cuando tu profundidad es «complicación». Cuando tu necesidad de conexión es «dependencia».
Entonces empiezas a preguntarte si deberías ser más simple. Más ligera. Más fácil de querer.
Pero lo que nunca nos dijeron es que el problema no es ser demasiado. El problema es estar donde lo profundo no tiene lugar.
Ser intensa no es un defecto. Es sentir la vida sin filtros.
Ser emocional no es debilidad. Es tener acceso a tu mundo interno.
Ser profunda no es exageración. Es negarte a vivir en la superficie.
Nos enseñaron a tener miedo de nuestra propia expansión.
A suavizar lo que somos para no incomodar.
A elegir ser aceptadas antes que ser auténticas.
Y el precio de eso es alto.
Porque cuando te haces pequeña para caber en alguien, terminas desapareciendo.
El miedo de ser demasiado es, en realidad, el miedo de no ser elegida.
Pero ¿de qué sirve que te elijan si no eres tú?
Tal vez no eres demasiado.
Tal vez simplemente no estás hecha para vínculos pequeños.
Y el día que entiendes eso, algo cambia.
Dejas de pedir disculpas por tu intensidad.
Dejas de explicarte tanto.
Dejas de reducir tu luz para que otros no se sientan opacados.
Y empiezas a entender que ser demasiado para algunos es exactamente ser suficiente para quien sabe sostenerlo.
No estás aquí para caber.
Estás aquí para ser.
Y quien no pueda abrazar tu profundidad, no merece nadar en ella.


