El final del verano

Este artículo está escrito justo el último día de mis vacaciones, aunque saldrá publicado seguramente semanas después. Aun así, ahí va mi reflexión postvacacional.

Para mí el año empieza tres veces: en año nuevo, cada cumpleaños y a la vuelta de vacaciones. 

¿Y por qué digo esto?

Pues porque son tres momentos en los que siento que cambio de etapa y aprovecho para reflexionar sobre dónde estoy y hacia dónde quiero ir, y es durante las vacaciones donde ese tiempo de reflexión es más largo y puedo pensar con más calma y analizarlo todo. No sé vosotr@s, pero durante el año voy a mil revoluciones sin casi tiempo para pararme a pensar en mí misma y, cuando llega el parón estival, es cuando mi cabeza comienza a hacer inventario de todo lo vivido hasta ese momento, cuando aprovecho para pensar qué quiero cambiar y renovar en mi vida.

La pena es que, en el momento en que vuelvo a entrar en el bucle de la rutina diaria, muchos de esos propósitos se desvanecen o se vuelven a aparcar (según mi astrólogo, también se debe a mi falta de tierra: vamos, que estoy en las nubes…). Es como cuando perdemos a un ser querido o nos enteramos de alguna desgracia que ha ocurrido o cuando viajas a algún país donde la gente sobrevive con muy poco o sufre miseria, y muchos pensamos y decimos:

«Jo, qué injusta es la vida y qué afortunada soy».

«Tengo que cuidar más de los míos».

«Tengo que quejarme y enfadarme menos».

«Voy a luchar por mis sueños»…

Todas esas cosas que se piensan y luego se desvanecen en el momento en que subimos a nuestra montaña rusa llamada vida. Pero, al menos, hemos sido conscientes por unos instantes de qué es lo que queremos y qué no y de lo que realmente nos preocupa e importa.

Quizás un buen ejercicio sería aprovechar ese subidón de creatividad espiritual para anotarlo en un papel y leerlo cada noche antes de ir a dormir para que no se nos olvide lo que queremos de verdad. Y es que, aunque suene a tópico, la mayoría pensamos que vamos a estar aquí en el planeta tierra eternamente y posponemos continuamente cosas importantes por falta de tiempo, por cansancio, por trabajo… Y los días pasan y pasan los años y, a veces, la vida nos trae una enfermedad o un cambio en nuestra salud financiera o esa persona importante de repente desaparece sin saber aquello que le queríamos decir y no dijimos pensando que ya tendríamos tiempo en otro momento…

A veces necesitamos sentirnos contra las cuerdas para darnos cuenta de lo que verdaderamente es importante para nosotros.

Hoy, tumbada en mi hamaca frente a la piscina de mi hotel habitual al que suelo venir cada verano con mis hijos desde hace diez años, me acaba de entrar el agobio al pensar: «¿Ya se acabó? Uff, el lunes vuelta a empezar, ¡vuelta a subir en la rueda de hamster!»

Seguidamente, comienzo a elaborar mi lista de propósitos:

  • Me voy a enfadar menos.
  • Voy a quererme más.
  • Voy a cuidar y a ver más a menudo a mi madre.
  • Voy a pasar más tiempo con mis hijos.
  • Voy a cuidar a la gente que me importa y me cuida.
  • No voy a insistir en aquellos que no insisten en mí.
  • No puedo cambiar a la gente.
  • Voy a comer mejor.
  • Más deporte.
  • Dormir más.
  • Seguir viajando.
  • Formarme más en lo que me gusta de verdad.
  • Etc, etc, etc.

Creo que un indicador de cambio necesario es cuando piensas en algo de tu vida y sientes como un vacío en el estómago o, por el contrario, se dibuja de repente una sonrisa en tu cara.

Vacío = a cambio

Sonrisa = esto me hace bien.

Estos indicadores pueden ser diferentes para cada uno de nosotros, pero, si aprendemos a leerlos, podremos ponernos manos a la obra para ser un poquito más felices.

Hace unos meses escribí un artículo llamado Me quedan 24 horas de vida; hagamos esa reflexión todos: si me quedaran 24 horas de vida, qué quiero y qué no, qué me alegraría haber logrado y de qué me arrepiento por no haberlo hecho.

Es un juego, pero puede ser muy potente para conocer en qué punto estamos. Es más, quizás nos queden 24 horas de vida y no lo sabemos…

No me voy a poner pesimista, ni mucho menos, eso no va conmigo, pero sí que es verdad que a veces necesitamos sentirnos contra las cuerdas para darnos cuenta de lo que verdaderamente es importante para nosotros.

Cuando paras y observas, es increíble todo lo que puedes ver y… ¡qué miedo da parar!

La verdad asusta, por eso hay que coger al toro por los cuernos y jugar al juego de la vida y si se pierde una partida, volvemos a la casilla de salida y vuelta a empezar.

Deseo de todo corazón que hayáis pasado unas fabulosas vacaciones (como esto lo leeréis tiempo después, servirá para que os acordéis de esas vacaciones), que hayáis descansado y disfrutado muchísimo y que muchos de vuestros propósitos para la nueva etapa se cumplan y no aparezcan ya en la lista del siguiente año. Y que en la siguiente lista surjan ilusiones nuevas, señal de que estamos vivos y con ganas de crecer y evolucionar.

Yo, por mi parte, espero cumplir mis deseos y no dejar de plantearme nuevos retos y mejoras en mi vida cada cambio de año.

Carmen Navarro

Locamente enamorada de la vida.

1 Comment
  1. Qué bonito y valioso sería que todos hiciéramos esta reflexión…. Pena que como tú argumentas se nos olvida. Supongo que la especie humana somos así.

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