Han pasado casi diez años desde que Ella y yo ya no somos amigas. Y aún pienso en Ella cada vez que necesito despejar la mente, reírme hasta que me duela la barriga o hacer algo inolvidable de un momento de lo más mundano.
Cada vez que pasa algo importante en mi vida aún quiero llamar a esa amiga que fue como mi hermana y con la que rompí hace casi más de dos años.
Sin duda, de las pérdidas que más siento son las de esas amigas que han dejado de serlo. Nunca se van por completo. Vuelven a tu cabeza cuando menos lo esperas. Alguna anécdota tonta, ese viaje, aquel plan improvisado, ese momento tan doloroso o, a veces, sólo su ausencia que se clava en el pecho y que te hace querer coger el móvil, después de no sé cuánto tiempo, y volver a escribirle: «¿Cómo estás? Te echo de menos».
Quizás las amigas sean las personas a las que más dentro dejamos pasar. A las que abres las puertas de tu corazón de par en par, dejando incluso que paseen por todas aquellas cosas que te avergüenzan, que rocen todo aquello que te da miedo reconocer en ti misma y que sean partícipes de cada una de tus cagadas desde un rincón privilegiado.
Sin embargo, este texto no tiene por objetivo reconciliarme con ellas. Sino conmigo misma. Que durante años no he parado de sentirme culpable y de buscar una grieta en el motivo de mi marcha, para tratar de volver a ese momento en el que fueron mi hogar.
Y no, la herida no la dejaron sólo ellas, sino lo que yo esperaba, lo que yo daba y lo que yo sentía que era justo e injusto. Lo que para mí era, a fin de cuentas, necesario en ese vínculo. Y al no encontrarlo, me marché.
Pero siempre arrastrando un monstruo tras de mí. El monstruo en el que te conviertes cuando eres tú quien se va.
Porque… ¿quién deja a una amiga? Solo las malas personas. ¿O no?
Quizá lo que quiera este texto sea cambiar la narrativa aquí. Y dejar de invalidar el irte cuando no estás bien. El duelo de perder a una amiga… la soledad que pocos entienden.
Y también lo caótico que resulta el mundo cuando Ellas han desaparecido del tuyo.
Lo duro que es dejar atrás, pero también lo valiente que ha sido irte de un lugar que fue tu hogar. De un espacio que os pertenecía, solo a vosotras, y que nadie más podía habitar.
Y ahora que, por fin, encuentro las palabras para escribir esto, también encuentro paz en ellas. Y amor. Porque amar a una amiga, aunque ya no te acompañe, demuestra el alcance que vuestra amistad ha tenido.


