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De la persecución al trascender

Encajar. Un deseo. O una persecución, para algunos.  O una facilidad, una inconsciencia de lo diario, para otros.

Un pasaje que lo convierte en la vía de escape.

Uno nunca se da cuenta de lo que vive hasta que lo ve desde afuera. 

Volver a casa se siente como aire libre recorriendo mis pulmones y, a la vez, como si me hubiera tomado una pequeña poción de encogimiento, como Alicia en el país de las maravillas. 

Me siento otra persona y me agrada esa chica que toma el subte y nadie a su alrededor la conoce, ni tampoco le importa. No saben si está en sus días o si le pasó algo trágico, con quién se relaciona o deja de hacerlo, si le gusta salir o es más de quedarse en su lugar, si su pelo está al natural o pasó toda la mañana planchándose con tal de verse como esas personas que se ven bien sin esfuerzo. Pero esa misma autónoma chica que conocí en el último año, a quien no le interesa realmente, porque no se cuenta con el mismo valor esa certera opinión ajena para transformar una personalidad, vuelve a ser la misma de siempre al colocar un pie dentro de la máxima zona de confort… el hogar. 

Y entonces vuelvo a ser esa niña que no conoce más del mundo que lo que logró ver a través de películas y distintos capítulos de libros, que solo busca que su propia persona encaje en cada pequeño grupo que la rodea, como si fuera un rompecabezas. Con algunos no requiere tanto esfuerzo y con otros no es más que una máscara a la cual le persigue el miedo constante de no ser de agrado en cualquier momento. Como si a eso lo persiguiera una cuenta regresiva, el tic-tac resuena después de cada interacción. 

Antes era parte del ser, hoy pesa cada vez más esa opinión con la que no coincide del todo, pero adopta ante quien tiene enfrente; o ese relato de más, dicho solo para sostener una conversación. Bien sabe en cuántos problemas la han metido, pero al menos era generalmente agradable, querida. 

Pocos tendrán el privilegio de convivir con su yo al desnudo (¡y qué liberadora sensación el no aparentar!). 

Los grupos sociales, con esa pizca de diferencia, existen.  Y son más fuertes que nunca ante sus ojos. Al menos en un solo lugar.  Desearía que no le importara y ser tan segura como cree mostrarse en esa ciudad. Los pensamientos resuenan en la cabeza y eso no parece ocurrir en una habitación ajena.

El qué dirán comienza a transformarse en algo esencial al tomar una decisión.  ¿Cómo algo tan reconfortante como la propia casa se vuelve algo menos liberador dentro de los pensamientos, al menos en este aspecto de vivir? 

Anhela a esa que se rodea de quienes la quieren y los guarda con un sentimiento especial, con un amor claro.  Aunque el orgullo a veces se confunda entre lo que siente y lo que quiere que los demás vean.

A través de disparates que expresan lo más sincero que escuché sobre mí, ese desconocido con el que crecí (y que, ya en la ciudad, termina siendo un gran amigo sin otra intención detrás), refleja todo lo que puedo aparentar. 

Me siento expuesta, pero a la vez consciente de aquello que hago inconscientemente (o no del todo), de lo que busco y de lo que realmente quiero, gracias a él, que me conoce desde hace menos de un año. 

A veces no logro distinguir a qué grupo pertenece, pero de alguna forma u otra, siento que es de esos que realmente me puede ver, incluso en la fachada.  Y, tal vez, es porque en el fondo todos estos pensamientos lo traspasan a él también. Al parecer, allí donde crecimos, es la regla del juego. 

Pero esa sensación de exposición también puede ser solo el primer paso, el primer kilómetro en la travesía de lo que realmente importa: trascender.

Sofía Pelusi

Estudiante de publicidad. Amo el café, leer y rodearme de mis seres queridos. Escribo desde el corazón.

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