Dachau

En mis vacaciones he podido disfrutar de un pequeño viaje por la Segunda Guerra Mundial. La historia reflejada por lo que dejamos como testimonio; la memoria alimentada por el testimonio de lo que queda. 

Dachau se nos ofrece así como una ventana alejada a lo que fue un campo nazi de la Segunda Guerra Mundial. De forma estremecedora recorres la exposición que recuerda lo que ocurrió, que muestra ese trozo de la historia a quien no la conoce y que te ofrece recordar esa realidad. Avanzas por los pasillos, entre imágenes, mapas, titulares de periódicos, pertenencias, carnés, muestras de una época que únicamente has visto por documentales y películas. Atravesar la pantalla supone cierta audacia emocional, ya que más allá de una pantalla todo parece más real. 

Tras la exposición que te introduce en la historia, vas a chocar con la realidad. Vas a subir los peldaños e introducirte donde vivieron esas personas, en sus literas, en sus baños, sus duchas, paseando por lo que comenzó siendo un campo de trabajo para acabar siendo un campo menor de muerte.

No nos confundamos, Dachau no era un campo de exterminio, era un campo de trabajo. Allí se encerraba a personas de diferente religión, nacionalidad, etc., con el nexo común de no ser aceptadas por el nazismo. Todas esas personas iban allí a trabajar, a producir para una maquinaria de guerra que necesitaba mucho, porque consumía demasiado. 

Al comienzo estaba todo controlado y las fábricas al fondo eran alimentadas por personas que malvivían. Pero se les fue de las manos y cada vez entraban más personas. Entonces, los medios para ellas eran menos, las enfermedades comenzaron a aparecer, convirtiéndose en pequeñas epidemias, las condiciones, cada vez más deficitarias. Pero nada iba a mejorar, ya que el peor punto de Dachau, y quizás por eso se trataba de un monstruo peor que un campo de exterminio, fue el uso de esas personas como ratones de laboratorio.

Ante toda esa barbarie, nos encontramos allí, en pleno corazón de Alemania, contemplando un trozo de historia que debería rompernos el corazón. 

Nos debería romper el corazón, sobre todo, la parte final de la visita, donde, además de ver los monumentos a los diferentes caídos, atraviesas un idílico puente y un pequeño jardín asalvajado para encontrarte con una de las cámaras de incineración. Recorres las salas donde se desvestían, les agolpaban. Justo entonces te introduces en una sala diferente con techos más bajos y salidas como de aire arriba. Era allí donde sucedía: era una cámara de gas. 

En mitad de esa habitación, al darte cuenta, el aire se vuelve raro, como más cargado; sigues avanzando y encuentras los hornos crematorios. La escalofriante muerte está como pegada a las paredes, pese a que nada rezuma suciedad, pero rezuma historia.

Pero mientras la historia nos enseña a todos esos fantasmas deambulando por aquellos lugares, los visitantes se hacen selfies sonriendo, se preocupan solamente por la foto; los grupos de estudiantes adolescentes miran sus móviles y se ríen. Aquello les da realmente igual.

Y vivimos en esa sociedad sin memoria ni sentimientos, que no siente nada en un lugar así, no siente nada más allá del mejor ángulo para salir en Instagram. Mientras en la puerta de Dachau (que es una copia, ya que la original no se encuentra allí) aún se puede leer: Arbeit macht frei, «El trabajo libera».

Ainhoa Escarti

Escritora, poeta y artculista gaditana afincada en Madrid. Ha publicado una docena de libro, además de colaborar con múltiples publicaciones.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.