«La buena literatura, como las buenas amigas, vuelve liviana la pesada capa de tiempo que atravesamos en la vida» dice Nuria Labari en su libro La amiga que me dejó (2025, ENDEBATE), una lectura que agita, remueve e invita a reflexionar.
No todas las amistades están hechas para durar toda la vida, ni tampoco todas son pérdidas dramáticas. A veces es tan simple como que se toman caminos diferentes, se pierde el contacto y todo está bien. Son amistades que fueron vitales en un momento concreto y acabaron por disolverse. El punto está en que no somos conscientes de que esto puede pasar, como sí lo somos ante la ruptura de un amor de pareja. Todo está diseñado para querer tener una pareja y esa relación puede durar para siempre o no. Sin embargo, sabemos que se puede acabar y cómo reaccionar cuando esto ocurre.
Nadie te enseña a despedirte de una amiga.
Nadie te dice cómo llorar a alguien que sigue viva, que te sigue queriendo en algún plano, pero con quien ya no compartes el centro. Y aquí viene el quid de la cuestión: no todas las amistades van a permanecer eternas, pero no por eso son menos valiosas.
La fantasía del «para siempre» en la amistad
Desde que somos pequeñas nos aferramos a esa mejor amiga como nuestro único salvavidas en una tormenta. Queremos compartirlo todo con ella, estar todo el tiempo juntas, que sepa todo lo nuestro, saber todo lo que le preocupa, resolverlo y que nos resuelva todo lo que nos preocupa. Nada importa, solo ella. Una mejor amiga es una hermana de la vida. Una amistad para siempre, sin fecha de caducidad, eterna, para lo bueno y para lo malo. Todo nuestro mundo.
Y crecemos reforzando este concepto de eternidad sin rechistar. No podemos visualizar nuestra vida sin la voz de nuestra mejor amiga. Sexo en Nueva York, Valeria, Friends, The Bold Type… grupos inseparables, apoyo incondicional y una vida compartida hasta la vejez. Si hasta las chicas de Las de la última fila se rapan la cabeza porque una de ellas tiene cáncer. El imaginario colectivo de la amistad es increíblemente sororo y feliz. Y aunque esas historias nos dieron esperanza y modelos de sororidad, también impusieron una carga pesada y falsa: si una amiga se va, es que algo hiciste mal.
Por qué creemos que una amiga de verdad nunca se va
Lo que muchas vivimos es que la amistad ha sido, en demasiados casos, más leal que el amor romántico. Relaciones en las que nos hemos volcado, sostenido, acompañado. Por eso cuando una amiga desaparece sin que haya un conflicto aparente, cuando decide irse sin pensar en todo lo que hemos vivido y en todo lo que nos hemos prometido, nos cuesta entenderlo. Y más aún, aceptarlo sin dolor. Como si un vínculo verdadero tuviera que resistirlo todo, como si cambiar fuera traicionar.
A veces, una amistad se apaga sin pelea. Como la llama de una vela cuando se gasta toda la cera. Dejáis de escribiros, tenéis menos conversación, las llamadas se espacian, surgen otras prioridades. No ha pasado nada, no hay rencor, solo falta de encuentro.
Son amistades que se disuelven sin darnos la oportunidad de culpar y nos dejan un vacío existencial. Hay amigas muy cercanas que, de pronto, dejan de protagonizar esa intensidad. Aceptar que una relación ya no es la que era es un acto de madurez y esto deriva en el duelo de entender que las cosas están cambiando. Aceptarlo es otro proceso.
Vínculos que fueron hogar durante un tiempo
Quizá fue la amiga de la adolescencia, con la que descubriste el mundo. O la del postparto, con quien lloraste y reíste al borde del abismo. O la compañera de aventuras creativas que te empujó a escribir cuando tú no te animabas.
Hoy ya no están, se fueron, pero dejaron una huella que recuerda que no todo lo que importa durará para siempre. Esas amistades tienen su propósito. Estuvieron cuando tuvieron que estar y ahora siguen su camino. Esto no borra lo que fue, al contrario, lo honra y nos enseña a decir gracias por lo que fuimos, sin la exigencia de seguir siendo. Una forma muy profunda de querer y de aceptar.
Muchas estamos revisando esa idea del amor para siempre, cuestionándolo y valorando si realmente es así como queremos avanzar. Ahora tenemos que empezar a cuestionar la amistad como vínculo inmutable para que cuando mute, cuando se adapte, cuando cambie, no caiga como un jarro de agua fría. Porque a veces, por culpa, lealtad o miedo, nos quedamos donde se nos hace pesado. Amistades que ya no suman, que aprietan más de lo que abrazan. Hay que salir de ahí, de la misma manera que sales de una relación de pareja que te empieza a intoxicar.
Es válido revisar una amistad y decidir que ya no encajas en esa dupla. Que crecisteis en direcciones distintas y que vuestros caminos están separados y eso es lo mejor para las dos. Soltar a una amiga no te hace mala, te hace valiente. Porque quedarse es más violento que irse, pero decir «te quiero, pero ya no soy yo aquí» también es amor.
Por todas esas amigas que fueron hogar y hoy ya no están, recuerda que el vínculo fue real, vivo e importante. Hoy es un recuerdo, la suerte de haberla tenido, vivido y disfrutado. Y ahora disfruta de las que están.
