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Cuando mamá deja de ser un nombre

Antes de ser madre, escuchaba a las parejas llamarse mamá y papá… Sinceramente, me chirriaba. Así que una de las cosas que tenía claras durante la gestación era que mi nombre permanecería.

No quiero matar la ilusión de la palabra madre, mamá, con toda la grandiosidad que la compone. Pero eso no quita que ser llamada solo mamá, en cierta forma, te convierta en una categoría. En cuanto nace tu bebé, las enfermeras y los médicos pasan a llamarte mami. Sé que lo hacen porque no pueden recordar los nombres de los pacientes, estás en un momento vulnerable y, dicho así, suena hasta cariñoso.

El problema es que esa etiqueta no se queda en el hospital. Continúa en el colegio, en las gestiones administrativas, en las conversaciones entre padres que rara vez llegan a saberse los nombres. Eres «la madre de». Y en ese tránsito cotidiano algo se desplaza: empiezas a reconocerte en una identidad gigantesca, una mamá que lo devora todo a su paso.

Ahí la palabra deja de ser apelativo y empieza a funcionar como mandato. Mamá ya no nombra, organiza. Distribuye el tiempo, el cuerpo, la paciencia, el deseo. Encaja a la mujer en un molde amable, sostenido por amor, sí, pero también por expectativas. Una forma sutil de cosificación que no necesita violencia porque se disfraza de virtud.

Ser madre —pese a ser un acto de entrega casi franciscano— no debería implicar borrarse. No debería exigir que el resto de identidades entren en suspensión. El nombre propio, ese que nos precedía, no es un lujo: es memoria, continuidad, historia.

Porque todo lo que nos etiqueta nos delimita. Nos coloca en cajitas que facilitan la vida a los demás, pero a veces estrechan la nuestra. Cajones donde cabe una función, pero no una persona entera.

Mamá es un título hermoso y una vivencia descomunal. Pero no es la única habitación de la casa. No somos objetos de uso único. Parir o adoptar no resta, suma. Y debería leerse así. Mamá tendría que ser un pliegue más de lo que somos, no el lugar donde se archiva todo lo demás.

Las palabras importan porque construyen mundo. Y cuando mamá se convierte en el único nombre, la identidad actual deja de dialogar con la anterior. No se trata de nostalgia: se trata de coherencia vital. De permitir que quien fuiste siga respirando dentro de quien eres.

Mamá es un título hermoso y una vivencia descomunal. Pero no es la única habitación de la casa.

Quizá por eso conviene desconfiar del espejismo de la superwoman, de la supermamá inagotable. A menudo no describe realidades: proyecta ideales. Y vivir intentando encajar en ellos termina por alejarnos de la única versión sostenible —la verdadera— que podemos ofrecer también a nuestros hijos: mujeres completas, no iconos.

Ainhoa Escarti

Escritora, poeta y artculista gaditana afincada en Madrid. Ha publicado una docena de libro, además de colaborar con múltiples publicaciones.

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