Cartografía emocional

Crecer soñando ser adulta es tan clásico como comer pochoclos en el cine. El eje de la problemática (si es que lo es) está en que esta transición no se siente como crecer. No es muy ruidosa. En realidad, es malditamente silenciosa y rápida. Es como tener una mochilita y llenarla de cosas invisibles que vas sumando conforme cumples años, conforme creces.

Ojalá un día despertaras sintiéndote diferente, sintiendo que la transición ya fue hecha y terminada y que ahora sabes cronológicamente cómo deberías ser adulta. En realidad, todo es una suma silenciosa de pequeñas decisiones. Tendrás que quedarte cuando quieras huir, o irte cuando con todas las ganas y el corazón querías quedarte; sonreír cuando algo aún arde y nombrar con palabras nuevas sensaciones antiguas que antes se resolvían jugando.

Dicen que el que avisa no traiciona, pero esto, aunque no sea una traición, demuestra que ser valiente también puede agotar. Al crecer debemos construir junto a nuestra columna vertebral una serie de líneas de apoyo que nos mantengan erguidos para que este acto sea cotidiano y eterno. Que la fortaleza, cuando se practica demasiado, empieza a doler en lugares que no aparecen en ninguna radiografía o estudio de tu médico de confianza: aparecen detrás del pecho, en el centro exacto donde se guardan las cosas mal cerradas, las conversaciones pendientes y los planes que se desarmaron sin hacer ruido…

Crecer, incluso, también es un ejercicio de despedida. No hablo de personas (aunque sean las más frecuentes de desperdigar por el camino), hablo también de ciudades y, sobre todo, de versiones propias.

Tuve las mías y hoy creo que aprecio cada una de ellas con tanto cariño que se me retuerce un poco algo dentro. Existió la versión que creía que el amor siempre alcanzaba, o la que pensaba que el talento lo era todo; la que creía que con un poquito más es suficiente y, sobre todo, la que tenía energía para prestar porque cansarse no figuraba en las posibilidades de uno, era un fenómeno externo que no conoceríamos.

Todas estas versiones tan cálidas y sinceras algún día las dejamos atrás, y de estas no nos despedimos. No se hace una ceremonia cuando te das cuenta de que un corazón roto sí existe o que una amistad que era para siempre caducó. No hay un ritual para desilusionar estas versiones porque ellas mismas no lo necesitan. Nosotros, simplemente, un día ya no somos ellas.

Con el tiempo, una aprende a llevar su vida como un mapa doblado en el bolsillo, arrugado, con marcas, con calles y rutas que ya no existen y otras que todavía no se animan a aparecer. Hay zonas luminosas, ¡claro! Pequeñas victorias, momentos de paz y risas inesperadas, pero también hay territorios donde casi siempre es de noche. Lugares internos a los que volvemos cuando todo se aquieta y ya no queda nadie mirando, pero el tiempo parece eterno para recordar y carcomer la lucidez y la habilidad de nuestra cabeza para crear ideas (no del todo buenas).

Esta no es una historia sobre tenerlo todo claro. Es, más bien, un intento torpe y honesto de ponerle nombre al tránsito. 

El tránsito a ese espacio frágil entre quien fuimos y quien estamos aprendiendo a ser. A la belleza incómoda de seguir avanzando incluso cuando las piernas tiemblan. A la valentía silenciosa de no rendirse, aunque a veces el cuerpo pida descanso y el alma reclame unas vacaciones.

A veces me pregunto si crecer no es también aprender a vivir con una nostalgia que no siempre tiene objeto. Extrañar cosas que no sabemos nombrar del todo. Personas que ya no están, versiones que ya no vuelven, lugares que siguen existiendo, pero sin nosotros dentro habitándolos.

Uno empieza a coleccionar aeropuertos emocionales, despedidas apuradas, promesas dichas bajito, cartas que se escriben y nunca se mandan. Ciudades que te prestan una versión distinta de vos misma y después te la quitan. Amores que te mueven todo pero que también pueden darte un piso.

Y en el medio, uno tratando de construir algo propio. Una carrera. Un nombre. Un lugar en el mundo que todavía no termina de sentirse definitivo. Como si la adultez fuera también aprender a habitar la inestabilidad sin llamarla fracaso.

Nos dijeron que crecer era elegir, pero nadie nos explicó que cada elección es, al mismo tiempo, una renuncia elegante y bien maquillada. Que detrás de cada «sí» hay varios «no» guardados que no vieron la luz. Que avanzar duele un poco, incluso cuando es lo correcto.

Tal vez por eso ser valiente cansa. Porque no es un gesto heroico, es una práctica diaria. Es levantarse con dudas y aun así vestirse. Es amar con miedo y con confianza y felicidad de la mano. Apostar sin garantías. Seguir caminando con un mapa incompleto.

Lo grandioso, es que, al ser así, aún seguimos.

Con la mochilita cada vez más llena de cosas invisibles. Con el corazón un poco más entrenado para perder y para quedarse. Con una versión nueva de nosotras mismas que todavía no sabemos del todo quién es, pero que intuimos fuerte, sensible, imperfecta y viva.

Quizás crecer sea algo mucho más simple y con menos notaciones que generen miedo e incertidumbre. Quizás crecer no sea convertirse en alguien terminado, sino en alguien que aprende a sostenerse mientras se está construyendo.

Luciana Lavaque Gallardo

Soy una estudiante de comunicación social Argentina, apasionada por el café, la escritura y los viajes.

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