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Ballerina

Sus zapatillas eran rojas. El resto de las bailarinas llevábamos las bases sujetas con cintas marfil que apresaban los tobillos, pero las de ella eran de un profundo tono granate. Saltábamos a su alrededor en majestuosos grand jetés, como delfines que celebran la llegada de Anfítrite.

Un, dos, tres, arabesque. Un, dos, tres, cuatro, retiré.

La conocí en la clase para principiantes, si es que ella alguna vez fue algo de eso. Yo tenía cuatro años y un acusado sobrepeso; ella, tres y un implante coclear. Decían que no podría girar debido al equilibrio. Los adultos suelen asumir que los niños son incapaces de hacer esas cosas que ellos no lograron. Sin embargo, yo me volví delgada y ella prima ballerina.

Un, dos, tres, pirouette. Un, dos, tres, cuatro, croisé devant.

Durante catorce años pasamos juntas cada lunes, miércoles y viernes. Aun así, jamás se aprendió mi nombre. Para ella no éramos compañeras, tan solo cisnes que comparten bandada, delfines de un mismo mar.

«Recordad sonreír» nos repetía la instructora. Y todas las niñas tensábamos nuestras comisuras. Todas menos ella, que fulminaba su reflejo como si fuese su única compañía en la sala de espejos. Para entonces ya se había quitado el implante del oído y, en lugar de seguir los pasos, marcaba los que ella creía oportunos. El resto la seguíamos sin rechistar, sonrientes. Al menos había algo que hacía mejor que ella.

Un, dos, tres, arabesque. Un, dos, tres, cuatro, pirouette.

Las zapatillas rojas vinieron tras la graduación. Se las regaló una mujer que asumí que era su madre, aunque no se parecían. Nada más calzarlas comenzó a bailar. Ella se movía igual que el resto pestañeamos. Bailaba hubiera o no música, hubiera o no escenario, hubiera o no público. Las yemas de sus meñiques dibujaban parábolas ingrávidas y su espalda se arqueaba hasta derretirse sobre el suelo. Nunca sonriente, siempre magnífica.

Desde entonces lleva puestas esas zapatillas. Las trae consigo antes de entrenar y se aleja de puntillas al terminar. Como si no tuviera uñas. Como si no tuviera dedos. Como si no tuviera pies. Tan solo pasos.

Una vez me la encontré haciendo un soubresaut en el supermercado, justo en mitad del pasillo de las conservas, hermosa y acompañada por un coro de latas de atún. Supongo que soy reemplazable por una sardina. Bailaba con las zapatillas rojas o las zapatillas rojas bailaban por ella, no sabría decirlo. Llegó un punto en que dejé de ver sus zapatos como un objeto ajeno a su corporeidad.

Un, dos, tres, penché. Un, dos, tres, cuatro, grand battement.

Ahora los focos del auditorio me deslumbran. Intuyo rostros entre la tenue oscuridad. Ella se alza en mitad de la tarima como un crisantemo en flor. El resto de la bandada revoloteamos a su alrededor. Cisnes, delfines, sardinas, bailarinas, compañeras, humanas.

La música se agota, pero ella sigue bailando porque no sabe hacer otra cosa. Y yo me quedo quieta, sonriendo hacia la negrura, a la espera de que caiga algún telón que nunca llega.

Alessandra Alari

Escritora de desvaríos, Directora de Arte y eterna autodidacta. Sobrepiensa tanto que necesita donar sus reflexiones de segunda mano para hacer hueco mental. Llévate las que quieras, son gratis.

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