A principios de 2026, una inspectora de la Policía Nacional presentó una querella ante la justicia alegando haber sufrido lesiones psíquicas, coacciones y hasta una agresión sexual por parte del que fuera, a la vez, su pareja y superior jerárquico, el Director Adjunto Operativo. La denunciante no quiso utilizar los canales internos de la institución, temerosa de recibir presiones y represalias profesionales
En la misma época se conoció que una concejala del Ayuntamiento de Móstoles había solicitado apoyo interno dentro de su partido político, ya que decía estar sufriendo acoso sexual y laboral por parte de su alcalde, perteneciente a la misma agrupación. No solo no consiguió que se activara ningún mecanismo de investigación o protección, sino que asegura haber recibido presiones para que no denunciara. Finalmente, presentó en los juzgados una querella contra el alcalde por la presunta comisión de delitos de acoso sexual y laboral, delito contra la integridad moral, lesiones, coacciones y revelación de secretos, y la Fiscalía ha solicitado que se inicie una investigación judicial sobre los hechos. La edil dimitió como concejala y se dio de baja como afiliada, ante el intenso malestar sostenido durante meses y la desprotección que sentía.
Los casos de la concejala de Móstoles y de la inspectora de policía, víctimas de sus superiores jerárquicos, me han llevado a preguntarme cómo actuaríamos cada una de nosotras, no si fuéramos las víctimas —una situación en la que todas nos hemos puesto alguna vez al conocer noticias de este tipo—, sino si una mujer nos confiara que está atravesando una experiencia tan difícil como estas.
¿Actuaríamos de forma distinta si tuviéramos conocimiento de los hechos por vías formales —es decir, si se nos comunicaran en el ámbito de la organización en la que trabajamos o colaboramos— que si nos los contara una amiga, una conocida o un familiar en un contexto informal, donde, al menos oficialmente, no tenemos ninguna responsabilidad?
Quiero creer que hoy en día los niveles de concienciación acerca del problema que supone sufrir abuso, acoso sexual o violencia de género son lo suficientemente altos como para que sepamos responder de modo adecuado cuando se nos presenta una situación hipotética. Pero la realidad es otra. La concejala de Móstoles acudió a órganos superiores de su partido político… Fueron ellos quienes la desalentaron a denunciar y la animaron a mantener un perfil bajo, aludiendo al sufrimiento y al escarnio que sufriría en caso de exigir que se hiciera justicia.
El caso de la inspectora de Policía es, si cabe, más doloroso. No solo por la pesadilla a la que se presume que la sometió su expareja y superior jerárquico. También porque ella, perfecta conocedora de la idiosincrasia de la organización en la que trabaja, descartó desde el primer momento denunciar la situación por la vía interna. La Policía Nacional es una de las instituciones garantes del cumplimiento de la ley en nuestro país y, en muchos casos, primera conocedora de los delitos. Pero, al parecer, no es capaz de defender a sus agentes de sus agentes, y eso la Inspectora lo sabe bien.
No pretendo en estas humildes líneas conseguir ninguna mejora en los procedimientos internos de las organizaciones que menciono. Sería un objetivo necesario, pero que me sobrepasa. Lo que sí me gustaría es invitar a la reflexión a quien me lea.
¿Cómo responderías tú si alguien te cuenta que está viviendo atrocidades como las de estos dos ejemplos? Si una mujer te dice que vive aterrorizada, humillada y presionada, ¿qué la recomendarías que hiciera?
Me pregunto si quienes dirían a la víctima que no denuncie y que resista con estoicismo los embistes de sus agresores bajo el loable pretexto de evitarla mayor angustia no estarían respondiendo más a su propia incomodidad al conocer el asunto que a la necesidad de restablecer la seguridad y el bienestar de sus interlocutoras.
El delito incomoda. Ya lo creo que incomoda. Conocer que se está produciendo una injusticia afecta a casi todo el mundo –y las razones de que exista alguien a quien no le afecte, me las guardo para desmenuzarlas en otro artículo—.
Sabemos que son muchos los que sufren, pero mirar a los ojos a una mujer pidiendo ayuda con desesperación es un verdadero reto donde se demuestra cuán íntegro y humano eres.
No escurramos el bulto. Que no valgan más los intereses corporativistas o evitar tu implicación en un procedimiento penal o administrativo que la tranquilidad de una compañera. Sigamos haciendo historia. Por desgracia, estamos lejos de que el acoso a las mujeres deje de ocurrir, pero que cada caso sirva como un buen ejemplo de cómo responder ante ello.
Yo tengo claro lo que animaría a hacer a la víctima. Y que, si me lo pide, recorrería el difícil camino del proceso junto a ella. ¿Y tú?


