Dijo una voz popular:
«¿Quién me presta una escalera para subir al madero
Para quitarle los clavos a Jesús, el Nazareno?»
Oh, la saeta al cantar
al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar.
Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.
Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores….
Antonio Machado/Joan Manuel Serrat
Un año más estamos en tiempo de cuaresma, ese periodo que va desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección. Un año más…
¡Ay esta saeta de Serrat con el poema de Antonio Machado…! Yo no soy ni de misa diaria ni de rezos, pero reconozco que la Semana Santa, sus palios, sus pasos, sus tallas, su policromía, el fervor popular y todo ese folclore que lo envuelve me emociona.
Estudié Historia del Arte por puro capricho, con todas las expectativas y la ilusión de poder dedicarme a algo relacionado con ese mundillo en los años en los que la pasión y las ganas te pueden.
Tiempo después dejé paso a la realidad de la vida y acabé en trabajos que no tenían nada que ver, principalmente porque había que vivir y porque llega un momento, según vas cumpliendo años, en que los ideales y los sueños se transforman, convirtiéndose en metas diferentes. Finalmente, terminé dedicándome a otras ocupaciones que me aportaban, entre otras cosas, unos ingresos fijos.
No conseguí convertirme en una de esas personas afortunadas que pueden trabajar en su oficio soñado y vivir de ello, ¡qué le vamos a hacer! Aun así, a pesar de que la suerte no me favoreció en ese aspecto de mi vida y me llevó por otros derroteros, estudiar la carrera de Historia del Arte fue una de las cosas más bonitas y gratificantes que hice y, como decía mi madre siempre que salía la conversación, «el saber no ocupa lugar». Y cierto es.
Estoy en modo «Semana Santa» y uno de los periodos artísticos que más me gustan es el arte barroco. El siglo XVII en todo su esplendor. ¡Prepárate, Barroco, que sales!
Si nos remontamos a los orígenes del nacimiento del Barroco, te diré que este arte surgió tras el Concilio de Trento, en Italia. Durante múltiples sesiones, entre los años 1545 a 1563, se debatió y fijó el dogma católico en el que se establecieron las normas por las que se regiría a partir de ese momento la iglesia católica frente al protestantismo de Lutero.
La iglesia se estaba revolucionando, saliéndose de los márgenes rojos del decoro, y el surgimiento del Barroco, con su puesta en escena y su teatralidad, buscaba, con la representación de las imágenes religiosas por medio de la pintura, la escultura y su imaginería particular, aleccionar al fiel conmoviéndole y, ya de paso, haciéndole volver al redil.
Con esta vuelta de tuerca, tras el Renacimiento y el manierismo imperante, se pretendía provocar una reacción en los fieles que hiciera que, al contemplar este derroche de dramaticidad, se removieran sus sentimientos, fomentando la devoción cristiana con la simple contemplación.
Mediante las imágenes representadas, la gente que no sabía leer las admiraba, sintiendo una respuesta emocional intensa y perturbadora al exponerse a ese dramatismo y ese dolor tan extremo. Los artistas conseguían un naturalismo muy expresivo al aplicar a las tallas pelo real, lágrimas de cristal, detalles anatómicos precisos que acentuaban la tensión en los músculos de las extremidades, con unos escorzos forzados y unas torsiones que incrementaban la emotividad.
Todo esto junto con la iluminación —las velas, los candelabros, el uso de la luz en contraste con las sombras— ayudaban a esa teatralidad, a esa puesta en escena artificiosa y dramática, convirtiendo este estilo artístico en “la biblia de los iletrados”.
Con motivo de la celebración de la Semana Samta, podemos admirar el escenario perfecto para el lucimiento de toda esta representación artística en su máximo esplendor.
La transformación de las calles en escenarios efímeros, con la exaltación del poder religioso como protagonista a través de las procesiones por muchas ciudades de nuestro país, las convierten por unos días en una marea humana de fervor colectivo. La exaltación de ese cristianismo puro transmitido de generación en generación es todo un fenómeno sociocultural sumamente atrayente para el turismo.
Unos, movidos por la curiosidad, y otros, por la fe, participan año tras año de estos días de pasión, recogimiento y gloria. La Semana Santa y el fervor popular conmueven y despiertan curiosidad, no dejando indiferente a nadie.
Creo que tenemos el compromiso moral de que las tradiciones y el folclore popular de los pueblos, como es este caso en el que la fe de nuestros mayores está tan presente, perdure en el tiempo, dándoles a conocer a las generaciones venideras. Después, que cada uno elija lo que quiera, pero es bonito por ellos, sin duda, y es una manera de honrar a nuestros ancestros.
Los pasos que cargan los costaleros, que dan dinamismo a las escenas con su movimiento a través de diagonales muy estudiadas a su paso por las calles, aportan vida a las composiciones escultóricas. Las tallas, con siglos de antigüedad a sus espaldas, son prácticamente en su totalidad de autoría masculina, y yo me pregunto: «¿ninguna mano femenina detrás de ellas?». No me lo creo.
Llegados a este punto de reflexión, me quiero detener en un momento concreto y en una talla en particular, y no es otra que La Macarena, que procesionará en la conocida Madrugá sevillana en los próximos días.
¿Cuántas mujeres estarán detrás de alguna de las tallas que admiramos y que son objetos de devoción de muchos?
Intuyo que alguna que otra hay y, aunque La Macarena es de autoría anónima, según la versión oficial, yo siento que el artífice de esta obra de arte es La Roldana.
¡Qué bien sienta traer a nuestro tiempo figuras femeninas de las que hasta hace pocos años no se conocía nada! Traer a nuestro presente a mujeres que no han sido bien tratadas ni por la historia ni por las circunstancias que les ha tocado vivir en su tiempo es justo y necesario.
Nosotras también participamos de forma activa en la construcción de la historia desde que el mundo es mundo, aunque se haya pretendido silenciarnos y ningunearnos siempre.
Luisa Roldán, conocida como La Roldana, nació en Sevilla en 1652, y era hija de Pedro Roldán, un reconocido escultor sevillano del barroco andaluz. Luisa se crio en el taller de su padre, mostrando muy pronto un talento innato para la escultura, a pesar de que a ella en aquellos inicios se le otorgaban tareas de menor envergadura, como dorar o policromar las tallas. No tardó mucho, debido a su inquietud creativa, en diseñar y realizar sus propias obras con la delicadeza y el estilo particular que la caracterizó desde el principio.
Se enamoró y se casó con un aprendiz de escultor que trabajaba en el taller de su padre, sin su consentimiento, con tan solo diecinueve años. Se marchó a Cádiz y formó su propio taller junto a su marido, que trabajó con ella como aprendiz. Consiguió encargos importantes y, pasados unos años, se fue con su familia a Madrid con el fin de lograr un reconocimiento profesional a su carrera como escultora.
En Madrid consiguió fama y renombre, llegando a ser la primera mujer en ser nombrada escultora de cámara real durante los reinados de Carlos II y Felipe V, en los siglos XVII y XVIII, el cargo más alto al que un artista podía llegar en nuestro país. Pero este nombramiento no fue suficiente.
Su condición de mujer, la sociedad imperante, que era enteramente patriarcal, junto con la burocracia mal manejada y la crisis económica en la que estaba sumida la ciudad, hicieron que, aunque recibía encargos frecuentes, no se los pagaran, por lo que pasó muchas penurias, sin dinero para comer a pesar del nombramiento. No tenía suficientes ingresos para subsistir y murió en la más absoluta pobreza sin conocer el reconocimiento económico a su labor y a su arte en vida.
Si estáis por Madrid y en algún paseo por la ciudad pasáis por la calle de San Buenaventura, en el número 7 hay una placa conmemorativa que nos recuerda que allí murió La Roldana a los 54 años, en 1706. Placa que colocaron en 2016. Dicen que más vale tarde que nunca…
Solamente la Macarena sabe quién fue su creadora, pero ella no puede decírnoslo. Por la similitud con otras tallas que realizó Luisa, y desde mi visión de historiadora del arte romántica, no me cabe la menor duda de que la Macarena salió de sus manos, porque esa talla tiene la sensibilidad que sólo una mano femenina puede otorgar a una obra de arte.

