El mundo está profundamente herido: ecológica, espiritual y anímicamente.
¿Estamos ya más para allá que para acá? ¿Hemos llegado al punto de no retorno?
¿Al Gore es un Nostradamus con maestría o ambos son prestidigitadores de cuarta? Al ritmo que vamos, cualquier loco puede adivinar el fin del mundo. Si me dicen que será mañana, mañana será.
En este absurdo de lo cotidiano, cada titular de noticias se supera a sí mismo. Me asustan los niveles de violencia a los que nos estamos acostumbrando. Somos como aquel que vive y se consume dentro de una jaula hasta que termina resignándose a mirar los barrotes.
Entonces me pregunto: ¿qué tendrán que anunciar los titulares del mañana para volver a provocarnos asombro? Los titulares de lo imposible, del fin del mundo, del caos y de la decadencia ya forman parte de nuestra vida diaria.
Violencia a raudales. Este año me he enterado de tantos animales arrastrados, golpeados y torturados por personas que ya perdí la cuenta y, junto con ella, una buena parte de mi fe en los seres humanos.
Tampoco necesito mirar demasiado lejos para encontrar señales de esa decadencia. Llevo una semana observando el lado más incivilizado de mi ciudad. Durante varios días fui a distintos supermercados y, en todos, vi cómo personas sin ninguna discapacidad ocupaban los espacios reservados para quienes realmente los necesitan.
Mientras escribo esto, el mundo se incendia. Arde Canadá, arde Estados Unidos y arde España. Y quienes no arden por el fuego, arden de rabia, de hambre o de miedo. Vivimos con el temor constante de ser alcanzados por alguna calamidad y comenzar también nosotros a arder.
En mi país, la tierra se traga a las personas. Aquí quienes remueven el suelo no siempre encuentran riqueza cultural, sino la miseria nacional.
Yo ya no sé con certeza qué podrá salvarnos.
Quienes tienen agua mueren por las inundaciones; quienes viven en la sequía cargan con el martirio del fuego que devora sus tierras; quienes viven rodeados de riqueza no duermen por miedo a perderlo todo, y quienes no tienen nada ya ni siquiera se atreven a soñar.
¿Cómo vamos a hacerle? ¿Cómo vamos a terminar este siglo? ¿Cómo podremos curarnos tantas heridas? Tal vez vamos a morir echándoles sal o lamiéndonos interminablemente cada una de ellas.
Hablando de heridas: Venezuela tiene una enorme herida abierta. La tierra se rajó y se tragó a los vivos. Una vez más, los animales nos dieron una muestra de su resistencia, de su valía y de su capacidad para sobrevivir. Mientras escribía estas palabras, vi que, después de casi un mes, todavía habían encontrado animales con vida. Y entonces pienso que nosotros, los seres humanos, estamos bien pendejos.
¿Acaso no nos damos cuenta de que ellos parecen estar mucho mejor preparados que nosotros para adaptarse a este mundo? ¿Qué ocurriría si, en lugar de destruirlos, lastimarlos o exterminarlos, nos sentáramos a observarlos?
Que la naturaleza nos enseñe cómo vivir, porque nosotros hemos demostrado que no sabemos hacerlo.
Por ahí he escuchado decir que el mundo está dividido. Yo creo que ya no está solamente dividido: está completamente enemistado. Entonces, ¿cómo vamos a reconciliarlo? ¿Cómo vamos a sanar algo que hemos partido tantas veces?
La extinción de la raza humana quizá ya comenzó, no solo por las catástrofes, sino por nuestra obsesión de enfrentarnos unos contra otros.
Socialistas contra capitalistas; machistas contra feministas; radicalistas, extremistas, racistas, clasistas, sexistas, pesimistas, egoístas, elitistas, oportunistas, materialistas, terroristas, chovinistas, belicistas, revanchistas, alarmistas, anarquistas, conformistas…
Jamás podré terminar la lista.
Lo que sí parece seguro es que, al final, a la humanidad le ganaron los «istas».

