¿A dónde me fui al ser madre?

En la mesita de noche habitaba de forma indefinida un té de limón sin terminar, como si fuera el mismo, como si fuera eterno, como si por sí solo pusiera en evidencia que una vez más me había vencido el sueño sin poder recordar en qué momento.

¿Quién era esta que no tenía horario fijo para tomar un té y mucho menos para ducharse? ¿Quién era esta que olía a una mezcla de talco de bebé, de leche y unas gotas de Chanel por pretender a toda costa seguir sintiéndose mujer y no solo madre?

Los días transcurrían entre canciones infantiles, grupos de baile con críos, caminatas en el parque con carrito de bebé, papillas, juguetes didácticos y cuentos.

Me buscaba en mis recuerdos y me sentía tan lejana… Como si una Yo estuviera escondida y me pidiera a gritos que la encontrara.

La buscaba en los círculos de crianza y solo encontraba a la madre.

La buscaba en los proyectos profesionales y se hacía la huidiza: salía de puntillas sin hacer ruido y no dejaba rastro.

La encontraba a veces disfrazada en los cuentos que leía, en las imágenes aquellas fantásticas en las que se proyectaba, y después se esfumaba.

La buscaba en el espejo y entonces lloraba…

Lloraba pensando si nunca más me encontraría con la que fui una vez. ¿A dónde me había ido? 

¿En dónde estaba la taza de café? ¿En dónde estaban las amigas que no hablaban de pañales? ¿A qué agujero se habían ido los zapatos de tacón alto? ¿En qué cajón se habían quedado atascados los planes de noche? ¿En qué manual podría encontrar la respuesta a cómo dormir la noche entera? ¿Por qué me sentía sola si un pequeño ser me acompañaba sin descanso? 

Me cansaba de la búsqueda, me secaba las lágrimas y me daba por vencida, convenciéndome a la fuerza de que esta era Yo, que no había nada ni nadie más a quien encontrar.

Pero un día, hace ya varios años, la encontré tomando café, sonriendo como solía hacerlo. La encontré con un nuevo brillo en los ojos, con un libro que no hablaba de crianza en una mano y en la otra, un espejo. Ya no lloraba mientras se observaba.

No sé cuánto tiempo pasó, pero la encontré.

La encontré, me encontré… había vuelto. No era la misma, porque nadie que se convierte en madre vuelve a ser la misma, pero, sin duda, era Yo.

Era Yo reconciliada con la maternidad, era Yo abrazando la vida, descubriendo la impermanencia de las etapas. Era Yo comprendiendo mi importancia para el hijo, sabiéndome amada y a la vez espejada. Era Yo quejándome de las nimiedades cotidianas y a la vez agradeciendo la maravilla de poder contarlas. 

Era Yo adulta, tocando por instantes mi parte de niña, despidiéndome de lo que ya no fue y saludando lo que está siempre latente.

Reconciliarte con la maternidad no significa que entrarás al mundo de caramelo para nunca salir de él. Y aunque existan las que desde el principio lo habiten, también estamos las que no. Las que tardamos más tiempo en reencontrarnos, las que hacemos un trabajo interior y personal para no perdernos para siempre. 

Esas también existimos, las que amamos nuestro ser madre y también trabajamos en construir una identidad que la incluya y que no sea exclusiva, porque ya éramos un Yo antes de ser madres.

Mireya Thomas

Madre de dos hijos, psicoterapeuta gestalt y consultora en desarrollo humano

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